Las casas y la gente se mueren, pero no del todo.
En los familiares
queda el consuelo de reconocer algunos rasgos de la cara,
la forma de la cabeza,
la altura, el timbre de la voz,
el diseño que va a ir tomando la pelada
cuando pase la adolescencia.
"La misma mirada que la del padre",
"¡Igualita a la tía Catalina!",
"Ese lunar en la frente es bien de los Artemiev",
dicen los parientes,
detectando rastros de ADN
en inocentes que patalean en sus cunas.
A las casas
les queda el cascarón de las paredes y el techo,
las aberturas,
las baldosas.
Pudieron ser almacén y bar,
empresa fúnebre,
comité del Frente Amplio,
templo de alguna secta cristiana.
¿Estaré para la próxima mutación?
Por ahora, en esa esquina todo sigue como antes,
cuando Carlitos Podstavka cortaba y pesaba el dulce de membrillo,
yo compraba dos caramelos Halls cada mañana de escuela
y, cuando crecí,
iba a pedirle el diario El País
para ver si había salido alguna noticia sobre los ovnis.