Una vez le grité a Dios
"¡Si existís, matame con un rayo!".
Fue una tarde de sol, sin nubes.
Estaba acostado panza arriba en el baldío
de nuestras batallas de cocos de pino.
Sé que Dios hubiese podido
-porque eso lo aprendí en la escuelita dominical-
convocar un rayo en un cielo despejado
para reducirme a la nada como a mi bisabuelo,
que sólo quería tomar mate entre amigos.
No lo hizo, y eso que le mojé la oreja.
¿Por qué no evitaste, Dios, que mi bisabuelo muriera
si no te había desafiado,
si no había pedido que le cayera un rayo en la bombilla,
y me dejaste vivir a mí,
que te pedía a gritos que me fulminaras?
Si eras omnipresente, estabas donde estuvo la tormenta.
Si eras omnisciente, sabías que iba a caer un rayo ahí.
Si eras omnipotente, pudiste haberle cambiado la ruta
para que no matara a mi bisabuelo,
que creía en vos y tenía mujer
y cuatro hijos que mantener,
además.
¿O no eras vos quien controlaba el camino de los electrones?
¿O no eras tan omni como me hicieron creer?
¿Me mintieron todos esos años
de la escuelita dominical?
Con razón no pasó nada.
No estabas sordo, Dios.
No estabas.
Nunca estuviste.