Mis primeros escritos fueron los reglamentos y estatutos de los clubes que fundé (de batallas con cocos de pino, de ciencias, de ovnis) y la burocracia de las resoluciones y actas.
Después me dio por un diario personal que llevé durante diez o doce años. En el liceo gané un premio por un ensayo sobre un cuento de Horacio Quiroga. También tenía un cuaderno con reflexiones sobre los temas que me interesaban: la reencarnación, siempre los ovnis, el budismo, cosas así.
Cuando me dio por enamorarme me puse poeta romántico y rebuscado. Eso duró hasta entrada la facultad, justamente estudiando literatura. Escribía cuando estaba bajoneado y cuando me gustaba alguna minita. Esos poemas estaban llenos de palabras grandilocuentes. En la prosa se me notaba la influencia de Julio Cortázar, pero no en lo fantástico sino en el uso del lenguaje. Nunca tuve imaginación y escribía sobre mí mismo y las cosas que me pasaban. Pensaba que eso no era literatura sino una especie de terapia en papel.
Una vez varios compañeros nos fuimos a tomar una con un profe. Entre nosotros había quienes escribían poemas y otros narrativa. Me hizo mucha gracia cuando el profe me miró y me preguntó «¿Vos también perpetrás?»
Me animé y le llevé mis cosas a otro profesor. Entre whisky y whisky y durante varios encuentros me dijo que estaban bien escritas, pero cuando en el último me preguntó si sería capaz de cualquier cosa por la literatura ya no supe si sus elogios habían sido sinceros y desinteresados.
En la universidad de Maryland un escritor mexicano me alentó a seguir escribiendo y en Canadá una escritora chilena me dio para adelante. Igual seguía pensando que lo mío era bien mediocre.
Un día me la jugué y mandé un par de relatos a una revista digital venezolana. Me pidieron una foto. Me dio vergüenza verme ahí, entre escritores. Yo me seguía considerando un escribiente. También me publicaron una historia en una revista canadiense. Seguí animándome y tuve mi página Web. Empecé a publicar con una cierta regularidad.
Después de muchos años releí mis viejas prosas y poemas y me asusté. Palabras como «palimpsestos», «atanores», «epítetos», «subterfugios» me saltaron a la cara. No estaban llenos de metáforas gastadas como en la poesía más cursi pero sonaban extraños. ¿Cómo pude haber escrito eso?
Renegué de casi toda esa estética y me puse a escribir poesía sin palabras lindas. No sé si mejoré, pero sé que nunca voy a escribir «nubes algodonosas».
Ya no me importa si soy mediocre o no.

