Nuestro amigo Gustavo Adolfo
había hecho el trabajo por nosotros.
Todas las estaciones de la pasión
tenían su nomenclatura
y nosotros éramos los dueños del libro.
Revoloteábamos alrededor de las pupilas
-aunque ninguna era azul-
con una rima al borde de la boca.
No sabíamos qué era ser cursis.
Lo nuestro era más inocente que el pan.

