Me lo compré para el día del abuelo.
Un regalo de los nietos que nunca tuve.
(Difícil, hermano, si ni hijos tuviste.)
El sueño del pibe hecho sueño del decrépito.
(Lástima que ya perdiste la ilusión de ver un plato volador,
lástima que hay tanta luz en la Colonia que ni hacer novio se puede
y menos ver las estrellas,
lástima que vivís en otro país y en un barrio lleno de edificios iluminados.)
Pero me lo compré igual.
Gracias, nietecitos que no tuve.
Eligieron el mejor día para regalármelo.
Y ahora que lo tengo
no me animo a abrir la caja y armarlo y sacarlo al balcón
para asomarme a lo que siempre quise ver
desde mis siete años,
desde que Neil Armstrong apareció a los saltos
en la única tele en cuatro manzanas
de ese pueblito más lejano que la Luna.
Mirá si me llevo un chasco.
Las fotos del Hubble van a ser mejores
que lo que pueda ver desde acá,
con tanta luz y apenas 200 aumentos
y 56 años de hacerme la cabeza.
¿Me animo a lo imperfecto o lo devuelvo así como vino?