Para qué escribir sobre vos si ya te moriste.
¿Para contar anécdotas chistosas?
¿Rescatar palabras memorables?
¿Que la gente se entere
de esas cosas entre sucias y miserables que todos arrastramos?
Algo de eso puede haber.
Pero fuimos amigos.
Sé guardar un secreto,
y después de tantos años
guardé muchos.
Vos supiste los míos y se fueron con vos.
Algún día va a ser mi turno.
Quedate tranquilo.
Esto es entre vos y yo.
Pero tengo que confesarte
que lo que escribí sobre la nada que había quedado entre nosotros
no fue del todo justo.
Me equivoqué.
La otra noche nos encontramos en un sueño.
Te vi entre un montón de gente.
Te arrimaste. Nos abrazamos.
No podía creer que estuvieras ahí.
Te lo dije.
Sonreíste.
Lo de tu muerte era un rumor.
El que se había muerto era otro.
Te habían dicho que era yo.
Nos fuimos caminando despacio.
No terminaba de convencerme.
Te dije que alguien que conocíamos
me había dado la noticia.
Alguien de confianza.
Seguimos caminando por la vereda.
A la derecha unos escalones subían a una explanada.
Me dijiste algo pero no te entendí.
No sé qué rumbo tomó cada uno
cuando dimos unos pasos más.

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