La empresa funcionaba como un gran aparato digestivo bastante sofisticado, aunque la boca de entrada de los alimentos era también el orificio de salida de los desperdicios. En eso se parecía más a los espongiarios que a los animales superiores.

Todo empezaba en el patio, adonde llegaban los camiones con su cargamento de envases. A ese patio daba la puerta grande, la boca que se tragaba todo lo reciclable.

La mayor parte consistía en grandes bolsas de plástico rígido llenas de bolsas de nylon que provenían de los supermercados y tiendas que aceptaban los envases que los clientes cambiaban por algunos centavos. En menor medida llegaban también botellas de vidrio para los púlpitos y para otro sector especializado, y bolsas diferentes para las auditorías.

Las bolsas grandes eran descargadas con el forklift y, una vez registrados los detalles del origen y número de las chicas, se ponía un pegotín con un código de barras y algunos datos en cada una de las rígidas y se las llevaba al interior del establecimiento, donde se quedaban apiladas contra una pared.

Los datos de la descarga demoraban un par de días en procesarse. Cuando estaba listo el formulario con los detalles se guardaba en un archivero de acordeón que estaba en unos estantes metálicos, al lado de una impresora. Hasta aquí llegaba el proceso de ingestión.

Para la digestión había dos caminos: clasificación y conteo manual o mecánico. El manual era el que hacíamos en los púlpitos. Elegíamos una cantidad chica de bolsas grandes y las acarréabamos hasta nuestros lugares de trabajo. Verificábamos que el número de las chicas coincidiera con la información en la hoja y empezábamos. Al terminar pegábamos los pegotines en la hoja, escaneábamos el código de barras, imprimíamos el resultado y lo engrapábamos con el formulario que estaba en el acordeón. Después, vuelta a elegir más bolsas y todo el resto de nuevo.

Los cargamentos más voluminosos (entre seis y veinte bolsas grandes) iban a parar al conteo mecánico, que era más complicado e involucraba a un mínimo de tres personas. Había que destripar las bolsas chicas y pasar el contenido a bolsas grandes, imprimir pegotines con los datos de procedencia y el número de bolsas a procesar y llevarlas a una máquina que clasificaba y contaba los envases. La llamábamos Tomra, el nombre del fabricante.

Cargábamos las bolsas en un par de elevadores mecánicos que las vaciaban de a poco sobre una cinta transportadora. De ahí los envases caían en un disco giratorio del que salían en fila india por otra cinta y pasaban por la cámara que escaneaba el código de barras. El viaje seguía a lo largo de un canal flanqueado por disparadores de aire comprimido que mandaban los envases a las bolsas que les correspondían.

Cuando se llenaban las bolsas grandes con cada tipo de reciclable, tanto en los púlpitos como en la Tomra, había que arrastrarlas hasta el otro lado del establecimiento, donde se quedaban esperando que alguien las llevara con el forklift hasta la otra mitad del edificio, del otro lado de una pared de madera. Esa parte pertenecía a otra compañía que también trabajaba en la industria del reciclaje pero a nivel del procesamiento de lo ya clasificado. Ahí tenía lugar la absorción. Eso explicaba los grandes fardos que había visto cuando fui a entrevistarme con Douglas el día en que acepté mi destino como humanista entre la basura, que salía excretada en las típicas bolsas negras por la misma puerta por la que había entrado mezclada con los reciclables.

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