Me senté al borde de la mesa más cerca de la puerta de entrada. No porque pensara salir rajando, sino por timidez. Siempre me costó entablar conversaciones, y mucho más si no eran en mi querido castellano. De esa manera, y en el peor de los casos, sólo tendría a alguien enfrente y a otra persona al lado.
Esa preocupación resultó innecesaria, porque no había tanta gente esa tarde. Del otro lado de la mesa estaban Jimmy y Florence, su novia, los dos en sus treinta largos. Habían calentado en el microondas un par de esos recipientes de cartón que contienen fideos y vegetales y salsa y cuando no comían hablaban entre ellos y a veces le decían algo a Daniel. Parecían tener con él un grado de familiaridad bastante grande. No recuerdo de qué hablaban, pero tengo bien presente la atmósfera, esa especie de complicidad mezclada con una leve ironía que roza casi la tomadura de pelo.
Bien a la derecha, hacia la puerta que daba al laburo, Julia, cara de reservada o resignada, con sonrisas de circunstancia y una vocecita que daba pena, estaba bastante por fuera de las conversaciones. No se la veía muy integrada al ambiente general.
Frente a ella estaba Frank, uno de esos cargos intermedios entre nosotros los pichis y el gerente, igual que Erin. Simpático, hijo de portugueses, no hablaba el idioma de su familia. Me dio un poco de pena enterarme de eso, no por él sino por mí y mi propio caso con el ruso.
Erin estuvo todo el tiempo en su silla, frente a la computadora. Habló un poco con los demás, esa charla liviana y previsible típica de los lugares de trabajo, cuando ocurre, claro. En mis laburos anteriores no vi mucha interacción a la hora de comer, pero acá la gente parecía un poco más comunicativa.
Todas las presentaciones las hizo Daniel, que se había sentado a mi derecha. Tenía una voz pausada y de bajo volumen, como si nada lo sacara de quicio. Su comida era vegetales y arroz con porotos. Me dijo que trataba de evitar las carnes rojas y los alimentos muy procesados. Me habló de la importancia de las vitaminas y otras cosas en esa onda de la alimentación sana y balanceada. Yo, que soy un carnívoro confeso e irredimible pero respetuoso de otras opciones alimenticias y no del todo necio en mis apreciaciones, no pude no darle la razón.
Media hora de estos intercambios livianos y a veces estentóreos -porque Jimmy y Florence eran de hablar fuerte- agotaron el descanso y volvimos al piso. El resto del día fue contar y contar envases, con ocasionales intercambios con Daniel sobre dudas de procedimiento. También aprovechamos para cortar un poco la rutina, porque él hacía lo mismo que yo, hablando de nuestras experiencias como migrantes. Me dio un poco de cosa esa interacción porque algunos de esos intercambios eran medio largos y yo no quería dar la impresión de buscar excusas para perder el tiempo. Ética de trabajo del recién llegado, por supuesto.
Al irnos Daniel me dijo que iba a llevar a la dulce parejita a la estación del metro y que, si iba para ese lado, estaba invitado. Allá marchamos los cuatro. Había empezado la época del transporte gratuito y rápido hasta los trenes.

