Desde el fondo del local, donde había más púlpitos y bolsas, apareció un flaco alto y de lentes. Se acercó a Jimmy y le dijo que él se encargaría de mi capacitación. No le habló así, metiendo la pesada, sino de una forma muy amable, sin querer imponerse ni mostrar superioridad, con respeto. Fue la excusa perfecta para largar esa tarea pedagógica que no le interesaba, porque Jimmy se fue al toque.
El flaco se presentó como Daniel. Nos sacamos los guantes y nos dimos la mano. Cuando le dije mi nombre me hizo un comentario que me llamó la atención. Largó una explicación medio esotérica sobre la espiritualidad de los antiguos egipcios y el significado de mi nombre. Por lo que recuerdo, parece que tenía una carga espiritual muy fuerte o cosas así. No entendí mucho ni tampoco me preocupé por aclarar mis dudas -porque Omar es árabe, no egipcio-, pero me mostré interesado, de pierna, nomás, tengo que confesarlo, porque me pareció bastante fuera de lugar. Era como si yo me hubiese descolgado de entrada con la etimología de Daniel, la interpretación del sueño de Nabucodonosor, los leones y todas esas historias bíblicas. Me pareció raro, simplemente, empezar una conversación así, pero…
Los acentos nos hicieron reconocernos mutuamente como extranjeros. Me dijo que era alemán por residencia pero que había nacido en Polonia. Cuando le dije que mis abuelos y bisabuelos eran de Rusia y Moldova me preguntó si no tendría raíces judías, como él. Le dije que, hasta donde yo sabía, no, pero quién sabe.
Intercambiamos unas palabras más sobre nuestra situación en Canadá (él ya era ciudadano) y pasamos a los aspectos técnicos del trabajo. Repasó meticulosamente lo que me había dicho Douglas sobre la mecánica de la clasificación y el conteo. Se notaba que tenía vocación para enseñar. Más adelante me contó que había sido profesor de idiomas en Suiza.
Empecé a hacer mi trabajo y él volvió a su púlpito, no sin antes decirme que lo llamara si precisaba cualquier cosa. Ese fue el inicio de nuestra digamos amistad. En realidad debería decir tuvimos una muy buena relación al principio, bastante profunda, y durante casi un año. Después, bueno, ya llegaremos a eso.
Con la información bastante fresca en la mente fui clasificando los reciclables. Mientras pasaban por mis manos los envases de cartón tipo Tetra Brik me acordé de las largas tertulias montevideanas con un filósofo amigo y de las incontables cajas de vino Termidor clarete que habían lubricado nuestras gargantas y aceitado nuestras neuronas. Hasta ahí llegaba mi conocimiento de los Tetra Brik. Me hizo gracia pensar que terminaría volviéndome un especialista en ese tipo de envases.
Ese día trabajé prestándole excesiva atención a los detalles, como buen empleado primerizo. A pesar de los pormenores explicados por Daniel, o tal vez precisamente por eso, iba lento, como si el destino de la empresa se jugara en una lata mal clasificada. A cada rato iba a preguntarle algo y en esas movidas nos distraíamos un poco de la rutina hablando de otras cosas.
Llegó la hora del descanso y nos fuimos a comer. Alrededor de las dos mesas grandes que ocupaban el centro del salón se juntaron algunas de las caripelas con las que pasaría los próximos meses. Como soy malísimo para los nombres, sabía que al día siguiente no me acordaría casi de ninguno.

