Andrew era un ingeniero eléctrico filipino. En sus mejores años había hecho buena plata trabajando en algunos países del Golfo Pérsico, pero su experiencia en Canadá no había sido tan exitosa. Después de golpear muchas puertas en busca de un buen puesto había tenido que conformarse con que Douglas le abriera la de la empresa de reciclaje.
Era un tipo simpático, humilde y sencillo. Un muchacho de barrio, muy abierto, se tomaba las cosas con calma y filosofía y agregaba toques ligeramente humorísticos a sus relatos. La mujer tenía un trabajo mejor que el suyo y le controlaba la tarjeta de crédito, pero hacía malabares con el efectivo para comprarse alguna cerveza de vez en cuando. Los dos eran miembros de una iglesia bautista, pero él tenía una posición medio importante en la estructura. A veces comentaba que tenía que hablar con los fieles, tipo consejero espiritual. Además, como tocaba el piano y la guitarra, era el músico de la congregación.
Tenía una forma de ser muy sociable. Entraba en charla con cualquiera, pero alguna gente de la mañana no lo bancaba mucho. Fuimos viendo eso al tiempo, claro, como vimos Daniel y yo que nosotros tampoco les éramos muy simpáticos.
Iba a trabajar en su auto, un vehículo grande -no sé nada de marcas ni modelos- que empezó a funcionar como el de Daniel, arrimando gente a la estación o a algún punto intermedio. A veces usaba el de su mujer, también muy espacioso.
Como laburante era un energúmeno. No podía estarse quieto y siempre estaba ocupado, en general forzando las cosas, queriendo hacer más y más. Parecía que su objetivo era mostrar que trabajaba a lo bestia para ganarse el respeto del personal. Esa estrategia, que bien podría funcionar con Douglas, no era bien recibida por la plebe. Cuando entramos en confianza, Daniel y yo le dijimos que aflojara un poco con la matraca, porque el laburo no daba para deslomarse. Él nos dio la razón y bajó las revoluciones, pero no pasó mucho tiempo sin que lo viéramos otra vez en la misma.
Era diabético e hipertenso pero no parecía preocuparse mucho por su dieta. Su menú era casi siempre fideos orientales picantes, arroz con pollo frito y otras delicias de ese tipo, llenas de harinas y grasas. El intervalo de la comida se volvió muy ameno, lleno de charlas de todo tipo sobre cantidad de temas. A veces nos enfrascábamos tanto en las conversaciones, especialmente nosotros tres, que sobrepasábamos ampliamente la media hora.
Entre Andrew, ingeniero eléctrico, Daniel, doctor en ecología y ambientalismo, y yo, doctor en estudios hispánicos, formamos el primer grupo de universitarios caídos en desgracia. Habíamos ido a parar al mismo lugar porque no habíamos sido tocados por la diosa Fortuna. Nos agarrábamos a ese laburo como a un clavo ardiendo y seguíamos adelante, a veces soñando con un mejor futuro pero sin hacer nada concreto. Hay un refrán inglés que nos venía al pelo: «Birds of a feather flock together», que es como decir «Dios los cría y ellos se juntan». Luego llegarían otros pájaros.

