Antes que los pájaros llegaron los insectos. Afuera del edificio florecían las plantas y adentro abundaba el azúcar de los jugos y refrescos. Las latas y cajas desparramaban generosamente los restos de esas bebidas en las bolsas, las mesas de los púlpitos, el singulator de la Tomra y donde hubiesen estado esos envases. ¿Qué insecto glotón se perdería ese paraíso?

El espacio aéreo se vio invadido por esa fuerza molesta: avispas, más de una variedad de abejas, moscas de la fruta, algunas mariposas y una avispa más grande y vistosa, negra y amarilla. Yo, que supe ser alérgico a la picadura de las abejas, no estaba muy radiante que digamos. A eso había que agregarle el calor.

Las únicas aberturas del edificio eran la puerta grande por donde entraba la mercadería y una puertita minúscula que daba hacia el pasillo entre el terreno de la planta y el terreno contiguo. Había algunos ventiladores en lugares estratégicos pero no eran suficientes y además sólo movían el aire caliente. No sé si los demás lo sufrían, pero yo sí. El sudor me corría desde la nuca hasta allá abajo. Nada agradable.

El ambiente había empezado a parecerse a un infiernito. Calor, ruidos, polvo, todo pegajoso, la ropa sucia, los insectos, la sed.

Y después llegaron los nuevos. Casi todos eran jóvenes estudiantes que probablemente trabajarían hasta que terminaran las vacaciones. Había algunos extranjeros con visas de trabajo temporal. Recuerdo con aprecio a Alfred, londinense, muy simpático y gran laburante. Tenía unos 25 años y experiencia en el rubro depósitos y grandes almacenes, lo cual explicaba mucho. Por supuesto que a Andrew le cayó muy bien. Era como verse en un espejo, aunque Alfred tenía un método más racional para trabajar duro sin romperse el lomo a lo bestia.

Por esos días yo había visto «Macbeth», de Orson Welles. Menos mal que conocía la tragedia, porque ese acento escocés tan fuerte, tan raro que parece otro idioma, me dejó con la autoestima por el piso, pero Alfred me levantó la moral cuando me dijo que a veces era complicado entender a algunos escoceses.

Daniel, fiel a su veta pedagógica, se encargó de entrenar a los nuevos. Era una capacitación incompleta, porque básicamente se limitaba al trabajo en los púlpitos, en darle de comer a la Tomra y en distribuir y mover las bolsas, más las tareas de limpieza. Era lo mismo que hacía yo, por otra parte. Había pasado más de un mes y seguía en el noviciado, pero no me desvivía por enfrentar nuevos desafíos. Trataba de disfrutar de mi dorada medianía, mi lugar en el fondo de la pirámide productiva. ¿A qué más podría aspirar en ese lugar? ¿Dejar de contar latas y pasar a las botellas? ¡Gran avance! Un salto cualitativo rotundo. No, no tenía ningún interés. Donde estaba no me jodía nadie. Podía seguir así todo el tiempo sin romperme la cabeza y teniendo momentos para pensar en otras cosas. Al menos le encontraba algo positivo al laburo. No tenía otra opción, ¿verdad?

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