El verano había traído insectos, nuevos trabajadores y más cantidad de envases para procesar. La gente llenaba los parques y las playas, se multiplicaban las reuniones al aire libre y el consumo de líquidos aumentaba. Consecuentemente, la planta estaba llena de bolsas grandes esperando su turno para entrar en el proceso digestivo.
Mi Virgilio me volvió a convocar para bajar un círculo más en el camino al infierno. Esta vez iba a aprender qué hacer con las bolsas grandes. Era el paso previo a la alimentación de Lady Tomra y el más sencillo de todos.
Elegido un número grande de bolsas -las que no se procesaban en los púlpitos-, había que llevarlas al amplio espacio que quedaba entre la Tomra y la línea de los dos procesadores de vidrio. Se abrían las bolsas chicas y se vaciaba su contenido en una serie de bolsas grandes. Ahí tomé contacto con la parte más repugnante del trabajo.
Los envases venían de supermercados y centros de acopio de envases. Por los códigos podíamos saber su origen, los barrios, el perfil más probable de la gente que los había llevado a reciclar. Reconocí tres o cuatro lugares del West End y me hizo gracia pensar que muchos de ellos habían sido puestos por mí, en carácter de usuario, en las mismas bolsas que yo estaba abriendo.
Sentí un discreto orgullo por vivir en un barrio con gente con criterio, que ponía los plásticos con los plásticos, las latas con las latas y sólo envases en las bolsas. Más orgullo me dio cuando abrí más bolsas de otras partes. En ese cambalache convivían los vidrios con los plásticos y los cartones con las latas, pero lo más desagradable era encontrar basura pura y dura: papas fritas, chuletas descarnadas, vasitos de papel para el café, cáscaras de huevo, peladuras de papas y manzanas, bandejas descartables de almuerzos y cenas, alas y patas de pollo, costillas de chancho, utensilios de plástico, arroz, fideos, verduras y frutas enteras, tiritas de glucómetros y, lo peor de todo, jeringas usadas, con las agujas todavía en su lugar. Un peligro y una chanchada, a veces bastante olorosa pero nada fragante, por cierto. Medio podre, en una palabra. Por suerte, esa basura no llegaba toda junta, pero igual era desagradable encontrarse con un poco de porquería cada tanto.
Al ir abriendo las bolsas chicas había que separar y contar los envases plásticos grandes porque no podrían pasar por el camino estrecho que empezaba después del singulator de la Tomra. Se repetía el proceso hasta agotarlas todas, se contaban las bolsas grandes que habían quedado listas y se imprimía un pegotín para cada una con los datos de origen y el número de las que iban a ser devoradas por Lady Tomra.
El producto final se movía lo más cerca posible de los «tipa» de Susan, desde donde el operador periférico del monstruo tomaba la posta. Quien estaba a cargo de destripar las bolsas chicas volvía entonces a repetir el proceso y a encontrar quién sabe cuántas otras maravillas entreveradas con los envases.

