No hablamos mucho entre todos porque los novios estaban en la suya mirando y comentando videos en sus teléfonos. Daniel me contó que tenía un doctorado en algo relacionado con la ecología y las comunidades sustentables, una maestría en un campo parecido y otros estudios en curso. Yo le hablé de mi frustrado intento de ser biólogo y de mi tranquilidad mental al haberme dedicado a las letras. Los dos coincidimos en que no habíamos ligado muy bien en el reparto de posibilidades laborales mejor remuneradas pero que había que pagar el alquiler y las cuentas fuera como fuese.
Fue una gran ayuda llegar directo a la estación. A esa hora el ómnibus para cruzar el puente pasaba con intervalos enormes y quedar varado en esas soledades no pintaba bien, no porque fuese peligroso -nunca sentí peligro en ningún lado en todos estos años en Vancouver-, sino porque en la parada no había nada para sentarse y lo único en lo que se podía entretener la mirada era una ruta con tránsito adelante y campos baldíos atrás.
Así se fue dibujando mi rutina de lunes a viernes: salir del apartamento, caminar hasta la estación de Burrard, tomar el tren, bajarme en la estación de la calle 22, tomar el ómnibus, trabajar, volver a la estación de la calle 22 en el auto de Daniel con la dulce parejita, tomar el tren, bajarme en la estación de Burrard, caminar hasta el apartamento. Lo que no era del todo rutinario era el trabajo, porque empecé a conocer gente y a hacer otras cosas.
Nuestro turno, de dos a diez, se superponía con media hora del turno de la mañana, que arrancaba a las seis y terminaba a las dos y media. Cuando cruzaba la puerta sin la inscripción dantesca veía a los madrugadores dando los últimos retoques a sus asuntos antes de pasarnos la posta y marchar a cambiarse. Predominio femenino indiscutible: Charlotte, Susan (nigeriana), Trang (vietnamita) y Maggie (filipina). Minoría: Baddar, sudafricano de ascendencia india, y Peter, de la costa este. De todo esto me enteré por Daniel, que parecía conocer la vida y obra de todo el mundo.
Charlotte y Peter eran los únicos que manejaban el forklift. No tengo más remedio que usar esa palabra inglesa porque no sé cómo se dice en español. Es un vehículo de cuatro ruedas con dos paletas de metal que se pueden mover de arriba abajo y de derecha a izquierda para levantar cosas grandes y pesadas.
La gente de la mañana trabajaba en cosas en las que nosotros no nos metíamos. Razonable, porque tenían más experiencia y nuestro turno era más nuevo, según Daniel. Había ciertos procedimientos que eran más delicados, tareas que requerían una mayor precisión en los datos, menos errores. Digamos que equivocarse algunas veces en el conteo de envases de aluminio estaba dentro del margen tolerable, pero había un tipo de conteo especial, unas auditorías que sólo el turno matutino hacía. Estaba claro que esa gente tenía otro estatus.
A mí no me molestaba que me vieran como un recién llegado, aunque había algunas miradas que no me terminaban de cerrar. No sabía si esas caras de culo eran congénitas o si se activaban cuando entrábamos nosotros, particularmente Daniel y yo. Todavía era demasiado temprano para despejar esa incógnita.

