Bajar al puerto, tirarse boca arriba sobre la planchada
y hablar de política, amores imposibles,
planes para una adultez que todavía no llegaba.
Mientras charlábamos mirábamos las estrellas.
Como en la infancia, festejábamos un meteorito, un satélite.
Creo que buscábamos algo.
Tal vez sentir que allá arriba había un misterio.
Tal vez evadirnos un rato de la monotonía
de vivir todos en el mismo plano,
como puntos que no saben
que se pueden escapar si descubren que existe lo vertical.
Fueron años del mismo ritual.
Una ley no escrita nos convocaba al puerto
y ese allá arriba seguía siendo nuestro testigo.
Estaba ahí como un recordatorio,
una placa en un sitio de memoria.
Ya perdimos muchas cosas.
El puerto es ahora una ruina.
Las luces del pueblo han eliminado la maravilla.
¿Para qué vamos a levantar la mirada si no hay nada que ver?
No nos tienta la idea del salto al vacío.
Seguimos atrapados en nuestras pobres coordenadas.