Habían pasado días y días y yo seguía contando envases a mano. Las máquinas parecían estar lejos de mis posibilidades. Daniel, mi Virgilio, estaba ocupado con su púlpito, pero cada tanto se arrimaba al mío y hablábamos de todo un poco. A veces desaparecía por una buena media hora y cuando volvía me comentaba que había estado charlando con Frank. Eso me llamaba la atención pero bueno, así eran las cosas. Yo seguía tratando de comportarme como un empleado modelo. «Ética profesional», creo que se dice. Para qué. Mentalidad bien de pueblerino en la gran ciudad, más bien.

Veía que los demás iban y venían haciendo otras cosas y me preguntaba si me irían a dejar toda la vida ahí hasta que llegó Susan, la nigeriana, y me introdujo en el enigmático y sutil mundo de Lady Tomra, como la llamamos después con Daniel.

Me costó entender lo que me decía, no porque el procedimiento fuese complicado, sino porque nunca había hablado con una nigeriana. Sonaba como un inglés británico fuerte, muy marcado, con sílabas como tiros de una ametralladora -tac tac tac- y, lo que más me quedó hasta hoy, finales en -er como si fueran en -a. En vez de «tipper» -lo que subía las bolsas- yo escuchaba «tipa». Para mí, que había llenado mis oídos con el inglés de los Beatles, fue bravo.

A esa máquina había que alimentarla con las grandes bolsas que salían de otra parte del mecanismo general de procesamiento de envases en el que tampoco había sido iniciado. Susan me explicó cómo poner las bolsas en los cubículos, meter unos ganchos en dos de las asas que tenían en los ángulos, cerrar los cubículos, apretar unos botones en una secuencia particular y después dar la vuelta, subir a una plataforma más o menos a un metro y medio del nivel del suelo, apretar otro botón y ver subir cada bolsa, cada vez más inclinada, hasta que su contenido caía en la cinta transportadora. Ahí se paraba un rato mientras los envases empezaban su viaje final.

Al principio el peso de los envases hacía que se cayeran solos, pero después, al irse vaciando la bolsa, el sutil mecanismo hacía que subiera y se inclinara otro poco y así sucesivamente. Eso pasaba varias veces hasta que ya no podía subir más. Algunos envases rebeldes, sin la presión de la masa de sus congéneres y parapetados detrás de las costuras de la bolsa, se resistían a correr el mismo destino que los otros. Ahí intervenían dos manos humanas que, blandiendo un rastrillo, no escatimaban esfuerzos para mandar a esas ovejas negras al matadero.

En eso estaba cuando vi llegar a Douglas con una cara nueva. El personaje portaba un cuadernillo y una birome. Los dos se pararon al lado de Florence, que estaba atendiendo los envases que daban vueltas en la rueda de la Tomra -la voy a llamar con el nombre original, «singulator», porque «singularizador» me suena tan espanglish que me revuelve el estómago- y se pusieron a hablar.

Aunque no estaba lejos, no entendí qué decían, porque el ruido de la Tomra, el de los púlpitos, el de la otra máquina y el de los envases de vidrio quebrándose en el puesto de Susan, a unos pocos metros de donde yo estaba, no colaboraban mucho.

Desde mi puesto en las alturas vi que Douglas y la cara nueva se fueron a recorrer el resto del establecimiento hasta que los perdí del vista.

Al día siguiente, comentando impresiones con Daniel, nos enteramos de que el personaje con el cuadernillo era Andrew, quien se convertiría en nuestro bienamado supervisor.

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