Mi horario iba a ser de dos de la tarde hasta las diez de la noche. Después de un año tendría derecho a una ayuda de hasta 100 dólares para comprarme zapatos de trabajo. Igual no tenía que invertir nada porque las botas guerreras del laburo en la carpa de Cavalia estaban como nuevas. También me iban a dar un pantalón y un par de camisas con mi nombre (¡ejem!), aunque esa exclusividad iba a demorar un par de semanas. La ropa se lavaba y secaba en el mismo edificio. Gran ventaja.

Douglas me propuso adherirme a un plan de ahorro por el cual la patronal y yo aportaríamos en partes iguales, ahorro que se invertiría en la bolsa y que serviría como una ayuda para emergencias o jubilación. No era un descuento muy grande y le di el sí.

Hicimos el papeleo para los aportes jubilatorios, el seguro de desempleo, el seguro de vida y esas cosas, y me fui.

Primavera. Flores, colores, perfumes. Optimismo. Pintaba lindo ese comienzo de una nueva vida después del invierno salado que había sufrido en Cavalia. Me habían tocado días bien fríos, algunos con nieve, pero lo peor había sido trabajar bajo lluvia. A veces el agua de los charcos llegaba casi hasta el borde de las botas. Tan jodida era la cosa que tres o cuatro veces por día nos mandaban a una carpa con un calefactor gigante para que nos secáramos un poco antes de volver al yugo. Por lo menos este nuevo trabajo iba a ser bajo techo.

Llegué temprano. No tenía otra opción porque perder el ómnibus con esa frecuencia tan inconveniente significaba llegar tarde de verdad y quería empezar con el pie derecho.

Entré y saludé a Erin. Subió a avisarle a Douglas que había llegado. El patrón me dijo que en el vestuario había pantalones y camisas limpias. Fui, me cambié y nos fuimos al piso. A mano izquierda había un mueble con guantes y tapones para los oídos. Descarté los segundos porque quería comprobar si podía soportar el ruido.

Mientras íbamos caminando para mi lugar de trabajo eché una mirada a mis alrededores. Más mujeres que hombres y menos blancos que de otros colores. La edad del personal tendía a inclinarse a la adultez avanzada. Caras serias. Mayormente trabajaban solos.

Douglas me llevó a una especie de púlpito. Un mostrador de madera en forma de U invertida tenía una computadora en el medio. Alrededor había bolsas de plastillera gruesa con forma de cubo para botellas de plástico, latas, varios tipos de envases de cartón y, en otros cubos, bolsas de plástico cerradas y llenas de envases.

El jefe me dio un pantallazo acerca de cómo se clasificaba todo eso. Una cosa era colocar los envases en el cubo correspondiente para ser recicladas (latas con latas, plásticos con plásticos, y así) y otra contar los que la empresa aceptaba para que les pagaran a los clientes, es decir, los supermercados y tiendas que tenían un programa de recolección de envases reciclables. Aquí empezaba la parte peliaguda, porque no se devolvía plata por envases de bebidas alcohólicas, ni café, ni productos lácteos, ni salsa de tomate, ni leche de soja o almendra.

De lo que quedaba, parte servía para ser reembolsada y parte no. Por ejemplo, las latas de Coca-Cola servían si eran de Canadá pero no si venían de Estados Unidos. Lo mismo pasaba con las botellas de plástico. La otra complicación eran los envases de cartón, porque algunos tenían un recubrimiento interno de papel de aluminio y había que reconocerlos sin perder tiempo destripándolos para ver cómo eran por dentro.

Una vez determinada la naturaleza del envase, había que entrar el dato en la compu. Eso no era complicado porque la pantalla estaba llena de íconos con los diferentes tipos de envases.

Douglas me aclaró que no tenía que preocuparme por todos esos detalles. Iría aprendiendo. Antes de irse llamó a Jimmy, que estaba predicando en un púlpito cercano, para que me diera una mano.

No pasaron muchos minutos antes de que me diera cuenta de que mi entrenador no tenía ninguna facilidad para explicar nada. Más bien parecía molesto por estar ahí. Lo suyo no era la docencia. Estaba en otra. Y sí, había ruido. No daba para tapones pero ayudaba a aumentar la tensión.

Empecé a sentirme incómodo. Le había preguntado algunas cosas y no se me habían aclarado nada las dudas. Jimmy era serio y de muy pocas palabras. No quería meter la pata con las cuentas pero tampoco me interesaba mostrar tan descaradamente mi ignorancia. La situación me estaba superando.

Entonces, en esa suerte de selva oscura, cual Dante agobiado y temeroso, vi llegar a mi Virgilio.

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