Bezurichkin tomaba mate bajo el alero con la mirada perdida en la calle. El polvillo de tosca se levantaba con las hojas en los pequeños remolinos de viento del otoño. Pasó una vecina. Levantó una mano para saludarla. Ella se paró frente al portón.

—Krasnodarski úmier —dijo la mujer, persignándose al estilo ortodoxo.

A Bezurichkin no lo sorprendió la noticia. Sabía que estaba internado y que era casi un hecho que no iba a volver vivo.

Pakoitsia s mirom —dijo, por cumplir. Era materialista y eso de descansar en paz siempre le había parecido ridículo. Cebó otro mate y siguió mirando la calle. La mujer hizo un gesto y se fue.

Da svidania —dijo la mujer.

Da svidania —dijo Bezurichkin.

Igor Krasnodarski y Basilio Bezurichkin se habían criado juntos. Vivían en las chacras de los abuelos, una al lado de la otra, pasando el arroyo de Ugratiev. Eran inseparables. Terminaron la escuela y siguieron trabajando en las chacras. Bezurichkin aprendió mecánica en las aradas y en las trillas. A Krasnodarski le interesaba la electricidad. Entró de aprendiz en un taller en Paysandú. Al poco tiempo se hizo comunista. Bezurichkin también. El asesinato de Julia Scorina le había dado el empujón para afiliarse al Partido.

Cuando los nazis invadieron la URSS se organizó un comité de ayuda a la Madre Patria y allí estuvieron los dos. Krasnodarski había vuelto a la Colonia. Lo habían echado del taller por sindicalista y comunista. Cayó Berlín y la Colonia salió a festejar. Krasnodarski quedó afónico varios días.

Trabajaron juntos levantando el Alexei Peshkov. En las chacras, en los bares, en el puerto, en la plaza, Krasnodarski era un orador incansable. Hablaba el ruso como un nativo, había leído los clásicos de Lenin y conocía a Gorki, Shólojov y Makarenko. A Tolstoi no lo pasaba del todo porque decía que era demasiado individualista y radical, pero hablaba muy bien de Dostoievski.

No paraba de hacer propaganda, de explicar qué eran los soviets de campesinos, obreros y soldados, la plusvalía, el capitalismo. Siempre llevaba un bolso de cuero con el Diccionario filosófico de Rosental e Iudin, el Manifiesto comunista y un cuaderno de apuntes. Se enfervorizaba tanto que cuando hablaba con los ispantsi se le escapaban oraciones enteras en ruso.

—Patrón, porquería. Jaziain chipujá. Hay que leer a Lenin.

La gente lo escuchaba y no decía nada. Muchos no entendían las vueltas del razonamiento y la mayoría no quería tener nada que ver con el bolchevismo.

—¡Lumpen! —se quejaba Krasnodarski en las reuniones del partido—. ¿Qué vamos a hacer con gente así?

En la campaña para pedir la expropiación de la estancia Los Algarrobos Krasnodarski estuvo en la primera línea de combate: primero en cortar el alambrado, primero en gritarle a la policía y primero en ir preso.


Krasnodarski y Bezurichkin llevaban una vida muy austera. Sostenían que había que tener lo necesario y nada más.

—No se puede vivir como burgueses mientras haya explotación. Los burgueses tienen esos lujos porque son piavki, sanguijuelas de los obreros —decía Krasnodarski en las reuniones del Partido—. Nada prachitat Léñina.

Bezurichkin decía que sí con la cabeza. No era de hablar mucho entre gente que había leído más libros de Lenin que él.

Cuando la Colonia se enteró de lo del Sputnik Krasnodarski se sintió en la gloria.

—¿Vieron? Los camaradas están conquistando el espacio y los yanquis todavía andan en auto. Aprendan, burgueses —decía, radiante.

En 1961, cuando Gagarin dio la vuelta al mundo, Krasnodarski se aburrió de pagar copas en todos los boliches mientras hablaba y hablaba de los logros del comunismo. Bezurichkin también festejó, pero sin ostentación.

Y llegó el deshielo. Los coletazos del 20° congreso del PCUS tomaron desprevenido a Krasnodarski. Había admirado a Stalin por haber sacado a la URSS del atraso y por la toma de Berlín, pero discutía con Bezurichkin porque éste siempre había elogiado al ejército y al general Yukov, no a Stalin.

Kruschev terminó con su líder y Krasnodarski no supo cómo acomodar el cuerpo. El Comité Central del PCUS había decidido y él no era de discutir lo que venía de arriba.

Krasnodarski siguió siendo verticalista. Bezurichkin era más crítico. Discrepaban sobre las vías para llegar al socialismo. Bezurichkin había apoyado la colectivización forzada en la URSS porque había que sacar al pueblo de la ignorancia y la miseria, pero creía que se podía llegar al comunismo sin hacer barbaridades.

—Eran otros tiempos —dijo Bezurichkin—. Pasaron muchos años. Cambiaron los ingredientes y hay que cocinar con otra receta.

Krasnodarski lo miró torcido.

—Estás empezando a pensar como los capitalistas o te estás volviendo tupamaro. Burgueses que quieren hacer la revolución. En Rusia, China, Cuba y Vietnam había masas. Estos son unos improvisados. Nada prachitat Léñina —dijo mientras tomaban unos tragos en el boliche de la Cooperativa.

—Pero la revolución cubana no la hicieron los comunistas —retrucó Bezurichkin—. Y además Fidel era abogado y el Che, médico. Burgueses. Como Lenin. Y Mao era maestro.

Krasnodarski no dijo nada.

Desde el principio de la dictadura los camaradas mantuvieron un perfil bajo. Para algunos estaban asustados, pero otras malas lenguas hablaban de colaboración. No los molestaron.

Los años pasaron lentos. Krasnodarski seguía con la electricidad y Bezurichkin con la mecánica. Se veían menos. Las charlas eran más cortas y no hablaban más de Lenin.

Cuando Yuri Bezmenov, que estudiaba en Montevideo, fue a visitarlo, Bezurichkin tuvo una de sus mejores alegrías. Un nuevo cuadro de la UJC, sangre nueva para el Partido. El sueño del pan y de las rosas seguía vivo. Había esperanza. No como ese vendido de Krasnodarski. Se había vuelto apicultor con camioneta y peones. A los empleados les daba refuerzos de mortadela y él comía asado todos los domingos.

Izmieñik —pensaba Bezurichkin—. Se vendió al capitalismo. Me criticaba a mí y ahora es patrón.

Llegó la perestroika y Krasnodarski empezó a pedir transparencia y glasnost. Bezurichkin estaba de acuerdo en general, pero no entendía a su antiguo camarada. Toda la vida con Stalin, ¿y ahora? ¿Sería verdad que lo habían visto leyendo un libro de Solyenitsin?

Krasnodarski pasaba mucho tiempo en Montevideo y volvía muy de vez en cuando. Se encontraban en la calle y charlaban un rato de la familia, los amigos, recordaban algunas anécdotas y planificaban tomar una en algún boliche, cosa que siempre se cancelaba a último momento. No hablaban casi de política.

Años más tarde, Bezurichkin se enteró de que su antiguo camarada había tratado de conseguir el voto de unos parientes para un candidato colorado que había estado con Pacheco Areco. No lo podía creer, pero en el fondo lo había visto venir. El signo había llegado muchísimo antes, cuando fue a visitarlo a la chacra. Donde estaba la heladera a querosén había una General Electric.

Bezurichkin le dio una vuelta al mate, cebó, dio una chupada larga y se quedó mirando la calle vacía.

—Vendido.

Deja una respuesta