Visito regularmente el cementerio. A veces paso bastante tiempo sin pisar La Colonia y cuando vuelvo nunca dejo de recorrer esos caminitos entre pinos para ponerme al día con las novedades. Este último año fue fatal. Cinco personas con las que había estado charlando o jugando a las cartas o al ajedrez se habían vuelto nombres, apellidos, fechas y un saludo, vidas enteras resumidas en unos pocos signos de metal, tallados sobre un pedazo de mármol o simplemente raspados sobre el portland. A veces ni eso, como esas tumbas en el cementerio viejo que se volvieron ruinas después de años de lluvias y granizo, sin parientes que les pudieran poner un poco de atención a esos pobres muertos.

Mi abuelo Elías fue fiel más allá de la muerte. Había cuidado a Eudocia durante más de veinte años y cuando se le fue iba una vez al mes a pasarle un ungüento a la tumba para mantenerla brillante y lustrosa. Lo había preparado con cera y aceite de linaza y alguna otra cosa. Casero, como sus vinos y lo que usó para combatir las plagas de langosta. Vio que pasaban arrasando todo pero no tocaban los paraísos, así que juntó hojas, las maceró y humedeció la tierra y las cabeceras de las hileras de parras. Las langostas siguieron de largo y los parrales se salvaron.

Yo lo acompañaba y cuando terminábamos de frotar la losa de la tumba le pasaba la mano. Lo escuchaba decir algunas palabras, como quien saluda a alguien que no ha visto durante algún tiempo y le promete que pronto van a volver a encontrarse y que el mes siguiente va a volver a dejar esa tumba lustrosa y limpia como cuando se encargaba de ella en todos esos años de Parkinson.

En el barrio de los quietos hay muchos residentes anónimos. Algunos no tenían familia conocida, otros tuvieron familia que prefirió olvidarlos. ¿Desinterés? ¿Desidia? ¿Venganza? ¿Qué gran maldad debieron haber cometido para que sus nombres hayan sido ninguneados así?

El cementerio original desbordó las previsiones de los fundadores. No pensaron que sus descendientes se reproducirían tanto ni que llegaría tanta gente desde otros lugares. El perímetro fue invadiendo los terrenos adyacentes. Primero se tragó el espacio que bordeaba el camino al estero, adonde íbamos a juntar marcela el viernes de la semana de turismo y a buscar lechiguanas entre las chilcas.

Los inquilinos no paraban de llegar. Hubo que cortar los pinos que separaban el cementerio de los arenales y plantar árboles nuevos para marcar los límites. Y la gente se sigue mudando. No va quedando lugar. Hace poco empezó a escucharse en las conversaciones una palabra terrible: «reducción». Se acabaron las últimas moradas individuales a perpetuidad. Ahora va a haber que dormir el sueño eterno con uno o más parientes al lado. Habrá sepultura para todos o para nadie, carajo, aunque el cementerio se llene de tumbas abiertas, como si las hubiesen saqueado buscadores de tesoros.

Me crié al lado. Los entierros pasaban frente a casa y yo no me perdía ninguno. Jugaba a las escondidas entre las tumbas, a la búsqueda del tesoro y a ver quién de la barrita de gurises se animaba a bajar al fondo del mausoleo de Poiarkov. Iba a conversar con los sepultureros y algunas veces volvía a casa con un murciélago vivo en una bolsa. Me ericé cuando vi una víbora enorme que habían encontrado en una tumba rota. Enorme para mí, cuando todo se ve grande porque uno no tiene ni un metro veinte de altura.

Las lápidas resumían vidas, cambios demográficos, pinceladas de cien años del ciclo de muertes y nacimientos: «La peregrina», el contador de cuentos, la flamenca, la gallega, los luteranos con sus datos en alemán, la única estrella de David entre tantas cruces católicas y alguna que otra ortodoxa, la hoz y el martillo en la tumba de Julia Skorina, nombres raros (Pelagia, Matriona, Eudocia, Nikifor), cada vez menos apellidos rusos y más españoles y portugueses. De cuando en cuando los mármoles agregaban más información mediante representaciones figurativas: un pescadito apenas insinuado, como tallado por un gurí de cinco años, un panal y una abeja, un hombre empuñando un arado, un destornillador empotrado junto al nombre del mecánico.

A veces me sentaba al lado de la tumba de la gurisita que había muerto tres días después de nacer y le dejaba una flor de mburucuyá que había arrancado del tejido del terreno de mi abuela. Me atraía la expresión de la cara de una mujer en una foto con un marco ovalado y revivía la leyenda del chacrero rico al que enterraron con anillos y billetes que los hijos tarambanas no pudieron recuperar porque las autoridades ya estaban sobre aviso. Después llegaron las historias más pesadas: agonías, muertes súbitas, accidentes, suicidios y asesinatos.

Cómo no acordarme, si pasé toda mi vida yendo y viniendo por esos caminitos.

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