Después del regusto amargo por no haber podido hallar el discurso académico de Pascal con el que Borges continúa la genealogía del azar como fuente del orden del universo, le llega el turno al Ensayo trivial sobre las facultades del alma, publicado en 1711 por Jonathan Swift.

No es éste el lugar para esbozar una biografía del célebre escritor irlandés, pero tengo que mencionar que, antes de llegar a este texto gracias a las laberínticas referencias de Borges, lo único que sabía de Swift era que había escrito Los viajes de Gulliver, libro del que tenía una noción más que vaga por haber leído algo, muy condensado, en mi niñez.

Imposible olvidar la imagen de Gulliver en el suelo, imposibilitado de moverse, y rodeado de los habitantes de ese reino de seres diminutos, Lilliput, que dieron al español el sustantivo «liliputiense». Más tarde, cuando empezamos a vivir y depender de Internet, tuve mi primera cuenta de correo electrónico con Yahoo, nombre de otro tipo de habitantes de esos mundos imaginarios. Entre uno y otro encuentro con Swift leí Una modesta proposición, texto que, junto con el primero, pertenece a una categoría literaria de la que vamos a hablar más adelante.

¿Qué es el Ensayo trivial sobre las facultades del alma? Un compendio de lugares comunes, un rejunte de temas y asuntos tomados de diccionarios, enciclopedias, historias de la filosofía, manuales de mitología y colecciones de anécdotas, fábulas y proverbios, salpicado con oportunas citas en latín. Si alguien se dedicase a recopilar ese tipo de textos y los publicase en forma de libro el volumen pasaría a integrar la categoría de los «libros de lugares comunes». Una obra así sería un pariente más o menos cercano de ese cuaderno adolescente en el que muchos de nosotros hemos anotado datos curiosos, frases célebres y pensamientos profundos o superficialmente esotéricos emitidos por autoridades universalmente -o casi- consagradas: el poema «Si» de Rudyard Kipling, la clásica «Desiderata» («hallado en la vieja iglesia de St. Paul, Baltimore, 1692»), algunas líneas de Khalil Gibran, Gandhi, Martin Luther King, John Lennon, según los gustos de cada uno.

No han sobrevivido los cuadernos en los que Swift resumía sus lecturas, pero se puede tener una idea de los materiales a partir de los cuales elaboró su ensayo. Compendiar una lista de esas fuentes y referencias en el siglo XVIII habría sido un ejercicio más que trivial, porque los lectores promedio probablemente conocían todas o la mayoría de ellas. Hacerlo hoy sería una muestra de erudición pasmosa aliada con una paciencia encomiable. Cuatro personas en el Ehrenpreis Center for Swift Studies de la Universidad de Münster, Alemania, tienen esas dos cualidades, como lo pueden constatar si consultan la edición comentada del ensayo que cito más abajo. Pero como no es mi intención fatigar estas disquisiciones con una lista de lugares comunes, alcanza con repetir que hay de todo un poco.

¿Qué nos interesa de este ensayo? Su relación con el cuento de Lasswitz. Ese vínculo aparece al comienzo:

«Los filósofos dicen que el hombre es un microcosmos, o mundo pequeño, en el que cada minúscula porción se asemeja a la grande. En mi opinión, el cuerpo natural puede compararse con el cuerpo político. Si eso fuese así, ¿cómo es posible que sea verdadera la postura de los epicúreos en cuanto a que el universo fue formado por una fortuita conjunción de átomos? No creo en eso más que una mezcla accidental de las letras del alfabeto vaya a formar, por azar, el más ingenioso y docto tratado de filosofía.»

Palabras más o menos (en mi traducción), es la misma idea de Cicerón.

Vimos en una navegación anterior («La importancia de una prosapia ilustre») que los atomistas griegos (Leucipo, Demócrito, Metrodoro de Quíos) habían postulado la existencia de una cantidad infinita de partículas indivisibles que, combinadas en diversas formas, habían producido y continuaban produciendo los cuerpos físicos de este y otros universos. Esa concepción también fue sostenida por Epicuro (341-270 a. C), cuya doctrina fue expuesta por el poeta romano Lucrecio (muerto alrededor del año 55 a. C.) en un largo poema en hexámetros titulado Sobre la naturaleza.

La obra de Lucrecio integra lo que se denomina «poesía didáctica». Es un género que, en Occidente, empieza en Grecia, con Los trabajos y los días de Hesíodo. El otro gran ejemplo posterior a Lucrecio es Las geórgicas, de Virgilio. Estos dos poemas son tratados de agricultura, ganadería, apicultura. Hoy, escribir un manual en verso sobre cómo hacer injertos o tratar las enfermedades de las ovejas sería una empresa casi seguramente condenada a la burla y al fracaso editorial, pero en aquellos lejanos tiempos la poesía ocupaba un lugar de privilegio absoluto con respecto a la prosa. Todavía en 1737 el Diccionario de autoridades de la RAE definía al poeta como «el que tiene numen de hacer versos, o los hace según arte». El numen, primero una deidad con poderes misteriosos y fascinadores, después «musa», finalmente «inspiración», separaba al inspirado del mero compositor de versos. Por su parte, la prosa era «la oración corriente y suelta, sin aligación de pies ni consonantes, que se usa regularmente en el modo común de conversar y tratar unos con otros». Hoy la poesía ha dejado de ser la provincia exclusiva del poeta para referirse a la «manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa», según la última edición del DRAE.

Swift conocía muy bien la obra de Lucrecio, pero, como la mayoría de sus contemporáneos, no aceptaba la teoría atomística del origen del universo. Había algo en ella que les rechinaba, que les resultaba contrario a la lógica. «Una especie de locura racional», escribió un predecesor de Swift en 1679. Si todo era átomos y vacío y las cosas surgían por azar, ¿qué necesidad había de postular la existencia de un dios creador? De ahí al ateísmo había sólo un paso. La física y la matemática de Descartes y Newton, llevadas al extremo, también rozaban peligrosamente la idea de un universo sin dios, o al menos sin un dios que interviniera activamente en él después de haberlo creado. En cierto sentido, el pensamiento de Epicuro se aproximaba a esta lectura porque admitía la existencia de las divinidades, aunque, según su doctrina, esas divinidades estaban totalmente desligadas del mundo y eran indiferentes al destino de los seres humanos. En última instancia, para que el universo existiera y funcionara tanto daba que hubiera dioses o no. ¿Habría sido esto admisible para Jonathan Swift, deán de la catedral de San Patricio de Dublín, la principal de la Iglesia de Irlanda?

Fuentes

Guthrie, W. K. C. Historia de la filosofía griega. Traducido por Alberto Medina González, Gredos, 1993.

Real, Hermann J., editor, con la colaboración de Kirsten Juhas, Dirk F. Passmann y Sandra Simon. A Tritical Essay upon the Faculties of the Mind, por Jonathan Swift. Ehrenpreis Centre for Swift Studies, nov. 2011, actualizado feb. 2019, www.online-swift.de/tritical_essay.html.

Jervas, Charles. «Jonathan Swift.» Wikimedia Commons, dominio público, commons.wikimedia.org/wiki/File:Charles_Jervas_(c.1675-1739)_-Jonathan_SwiftNPG_278-_National_Portrait_Gallery.jpg.

Von Albrecht, Michael. Historia de la literatura romana. Versión castellana de Dulce Estefanía y Andrés Pociña Pérez, Herder, 1997.

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