Este francés fue un niño prodigio. A los once años escribió un tratado sobre el sonido. A los doce y por sus propios medios intelectuales descubrió el teorema de Pitágoras. A los dieciséis escribió un tratado sobre las cónicas (la elipse, la parábola y la hipérbola). Antes de cumplir los diecinueve inventó una máquina que podía sumar, restar, multiplicar y dividir. Hizo investigaciones y grandes aportes en la matemática y la física. Hoy los meteorólogos, cada vez que anuncian las condiciones del tiempo, le hacen un homenaje implícito al darnos el valor de la presión atmosférica. Sí, estamos hablando de Blaise Pascal.

Pascal (1623-1662) vivió durante un período en la historia de su país en el que grandes pensadores abrieron nuevas ramas en la matemática: la geometría analítica, la teoría de los números, la geometría proyectiva, la teoría de la probabilidad. Algunos de los rasgos más significativos de nuestra actualidad, como el GPS, el diseño gráfico, la criptografía y la seguridad en Internet, la estadística y la computación son el fruto sazonado de esas primeras incursiones en nuevas áreas del pensamiento matemático

Para hablar de este niño primero tenemos que referirnos a su padre, Etienne. Viudo, abogado, recaudador de impuestos, era un humanista que dominaba el latín y el griego y tenía un gran interés por la matemática. Abandonó su vida en las provincias y llevó a sus hijos, un niño y dos niñas, a París, donde se vinculó con un círculo de filósofos y matemáticos que estaban en estrecho contacto con la élite intelectual de Europa. Educaba a sus hijos favoreciendo la experimentación y el descubrimiento por encima del estudio frío y descarnado y los hacía participar en debates intelectuales con adultos.

Etienne quería que su hijo comenzara a estudiar seriamente matemática a los quince, pero, como buen niño, el francesito tenía otros planes. Seguramente sin querer buscar la fama, fue tema de conversación en los círculos intelectuales parisinos por su descubrimiento del teorema de Pitágoras.

Vuelto a la vida de provincias por cuestiones políticas, Etienne se estableció en Ruán en 1639, donde, 182 años después, nacería el gran Gustave Flaubert, creador de Madame Bovary.

Entretanto, el niño prodigio seguía destacándose. Luego de su tratado sobre las cónicas pasó del pensamiento abstracto al concreto y utilitario. Para facilitarle la vida a su progenitor, que por la naturaleza de su profesión tenía que realizar fatigosos cálculos, inventó una máquina, la pascalina, que realizaba las cuatro operaciones aritméticas básicas. Todavía quedan seis de ellas, la mayoría de las cuales funcionan y dan testimonio de su habilidad de matemático y de ingeniero. Un lenguaje de programación homenajea este logro. ¿Su nombre? Pascal, obviamente.

En 1654 entró en correspondencia conPierre de Fermat, autor de un célebre teorema que les rompió la cabeza a los matemáticos durante 358 años y sobre el que hablaremos en una próxima navegación. Entre los dos estudiaron los juegos de azar y esas especulaciones marcaron el nacimiento de la teoría de la probabilidad.

En la noche del 23 de noviembre de 1654 Pascal tuvo una profunda experiencia religiosa en la que sintió la presencia de Dios y abatió su orgullo de intectual. A partir de entonces, llevó hasta el fin de sus días un trozo de pergamino con un relato de esa experiencia cosido en su chaqueta. Renegó así del «Dios de los filósofos» a favor del «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob».

Si bien después de esas experiencia abandonó casi por completo su trabajo científico, escribió sobre una curva llamada cicloide e hizo algunos aportes a la lógica. Además, en otra muestra de su visión práctica, no meramente especulativa, hacia el fin de su vida organizó el primer sistema de transporte público de París, cuyas ganancias se destinaban a ayudar a los pobres.

Pascal, en suma, dejó de lado sus investigaciones científicas para dedicarse a escribir sobre filosofía y religión. Una de sus obras más ambiciosas fue Pensamientos, que no llegó a terminar. Es una colección de fragmentos en los que defiende la fe cristiana y critica a los ateos y a los escépticos.

Este texto nos vuelve a conectar con uno de los hilos principales de esta serie de navegaciones: el universo y el azar.

En «La biblioteca total» Borges continúa desarrollando la genealogía de la idea del azar como ordenador del caos que comenzamos a explorar en la navegación 4, «La importancia de una prosapia ilustre», y menciona «un discurso académico de Pascal» que retoma «la imagen tipográfica de Cicerón».

Tengo que ser honesto: no hallé ese discurso en ninguna parte. Sin embargo, los Pensamientos contienen referencias indirectas que apuntan a una postura contraria a la de los atomistas. En ellas Pascal, que había renegado del Dios de los filósofos, opone el carácter meramente material de las cosas -sobre las que obra el azar- a algo que trasciende la naturaleza, es decir, Dios.

Pascal no deja de insistir en el concepto de la finitud humana y en Dios como la suprema causa y razón de todo. Afirma que la principal dolencia del hombre es su insaciable curiosidad por cosas que no puede comprender y que el ser humano es una nada en comparación con el infinito y una totalidad en comparación con la nada: «un medio entre la nada y el todo». Como está alejado en un grado inconmensurable de comprender los extremos, el fin de las cosas y su comienzo están irremediablemente ocultos para él. Es asimismo incapaz de ver la nada de la que fue hecho y el infinito que lo devora.

Estas dos referencias nos llevan a pensar que, para Pascal, el origen del mundo material es impenetrable e incomprensible para el intelecto humano en razón de su insignificancia en el esquema general del universo.

Siguiendo este razonamiento, podemos concluir que lo que para nosotros no tiene una causa que no sea producto del azar bien podría simplemente reflejar nuestra imposibilidad de ver más allá y aprehender lo que sólo el creador puede conocer.

Palabras más, palabras menos, el lugar en el que nos deja nuestra finitud en un universo incomprensiblemente enorme y prácticamente incognoscible se equipara con el del anciano bibliotecario que ha consumido sus días en la biblioteca de Babel y que nos está esperando en una futura navegación.

Fuentes

Hammond, Nicholas, editor. The Cambridge Companion to Pascal. Cambridge University Press, 2003.

Palace of Versailles. «Blaise Pascal.» Wikimedia Commons, commons.wikimedia.org. CC BY 3.0, creativecommons.org/licenses/by/3.0.

Pascal, Blaise. Pensées. Traducido por W. F. Trotter, Project Gutenberg, 2006, www.gutenberg.org/files/18269/18269-h/18269-h.htm.

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