A los suizos les debemos muchísimas cosas: la Cruz Roja y su bandera con los colores al revés, los relojes precisos de engranaje, el secreto bancario, los arquetipos de Carl Jung, los platos voladores en la antigüedad según Erich von Däniken, la manzana sobre la cabeza del hijo de Guillermo Tell,la neutralidad política, la convención de Ginebra, y me quedo corto.

También le debemos una palabra que nació en 1688. Ese fue un antes y un después, no porque antes no existiera lo que se dio en ese año, sino porque no había palabra para definirlo. Ese año nació la palabra nostalgia.

La nostalgia es vieja como el mundo, viejísima. Está en las obras de Homero, que son las más antiguas escritas en un idioma europeo y tienen dos mil setecientos años. Está en las penurias de Gilgamesh, en Mesopotamia, que es mil quinientos años, por lo menos, más viejo que Homero. Aunque no aparece por escrito, está en la sensibilidad humana desde que nuestros antepasados vivían en las cavernas del Paleolítico, y eso ya es mucho decir.

Una forma de la nostalgia es no estar en el lugar de uno. Yo sé de eso, como seguramente muchos de ustedes.

A mis 18 años me fui a estudiar a Paysandú. Es una ciudad a unos 65 kilómetros al norte de mi pueblo, chica, con mucha historia para un país tan joven como Uruguay.

De lunes a viernes, instituto, práctica docente, estudiar, visitar a amigos, recorrer la ciudad en bicicleta, a veces jugar al truco con mi padre en un bolichón. Y esperar el fin de semana para volver a mi pueblito. Estaba en Paysandú y quería estar en San Javier. Extrañaba el viento en las casuarinas, el almacén de Carlitos Podstavka, el timoshenko de mi abuelo Elías, las comidas en la casa de mi baba Nina y otras cosas que me callo. Eso es nostalgia.

Después me fui a vivir a Montevideo. 365 kilómetros. Se acabaron los viajes de fin de semana. Desde ahí en adelante todo fue más distancia. Maryland, 8.400 kilómetros. Vancouver, 11.500. Volver una vez al año, con suerte.

Todo eso es nostalgia. Como ahora, escuchando «Django» por el Modern Jazz Quartet. Como siempre con los Beatles, Chopin, la bossa nova, las películas de Fellini y Tarkovski, el aroma de los tomates colgando de sus tallos en la quinta frente a casa, el sabor de los ajíes fritos de mi padre, las caricias en los costados del pescuezo de mi tordillo Pinocho.

Eso es nostalgia. En 1688 el médico suizo Johannes Hofer escribió una disertación sobre una enfermedad que afectaba a los jóvenes de esa nacionalidad que se encontraban lejos de su tierra. A falta de una palabra que la designara, tomó dos términos griegos -porque en aquellos años el latín era el idioma de las comunicaciones y las raíces griegas la fuente de los tecnicismos- y creó un neologismo. Nóstos (νόστος), que vale por «retorno a la tierra natal», y álgos (ἄλγος), «pena», «dolor», dieron «nostalgia», «Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos», como la define la RAE, con una segunda acepción: «Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida».

Los síntomas descritos por Hofer incluían tristeza, pensamientos recurrentes sobre la patria, sueño irregular, debilidad, sed, hambre, palpitaciones, suspiros, embotamiento y fiebre. En casos extremos se presentaban delirios, manías y finalmente la muerte.

¿El tratamiento para esta enfermedad? Si las tradicionales sangrías y algunos tónicos y bálsamos no daban resultado, nada mejor que llevar de vuelta y sin demora al paciente a su tierra natal.

Esto proponía el buen médico en 1688. Retrocedamos unos dos mil ochocientos años y cambiemos las coordenadas de Basilea, Suiza, por las de un lugar todavía no definido en el mar Mediterráneo: Ogigia, la isla de Calipso. No vamos a encontrar ahí a ningún suizo llorando por su tierra, pero sí a un itacense, Odiseo (o Ulises), llorando por Ítaca.

Ausente de su patria, lejos de su mujer, su hijo (que apenas había nacido cuando tuvo que irse), su padre, su madre y su reino (porque había sido rey de Ítaca), Odiseo habría sido un paciente perfecto para el doctor Hofer. Homero le habría dicho (en el canto V de la Odisea) que «el magnánimo Odiseo estaba llorando en la ribera, donde tantas veces, consumiendo su ánimo con lágrimas, suspiros y dolores, fijaba los ojos en el ponto estéril y derramaba copioso llanto.» Por si quedaran dudas sobre el caso, agregaría: «Sentado en la playa, que allí se estaba, sin que sus ojos se secasen del continuo llanto, consumía su dulce vida suspirando por el regreso.»

El regreso. Ahí está la clave. El nostos. Sobre eso volveremos en la próxima entrega.

Fuentes

Anspach, Carolyn Kiser. «Medical Dissertations of Psychiatric Interest Printed before 1750.» Bulletin of the Institute of the History of Medicine, vol. 2, no. 6, Aug. 1934, pp. 376-91. JSTOR, https://www.jstor.org/stable/44437799.

Blunck, Ditlev. Odysseus auf der Insel der Kalypso. 1830. Museumsberg Flensburg. Wikimedia Commons, commons.wikimedia.org/wiki/File:Museumsberg-flensburg-pi26619_1.jpg.

Homero. Odisea. Traducido por Luis Segalá y Estalella, Montaner y Simón, 1910.

Deja una respuesta