
Jimmy y yo cruzamos el portón y doblamos a la derecha. El área parecía un campo de concentración. Faltaban las torres con los guardias pero me las podía imaginar. En el centro del predio había un edificio enorme y muchos contenedores y camiones con remolque en el patio. El camino hacia el otro lado del terreno, donde estaba nuestro trabajo, se estrechaba por la presencia de un galpón de chapa y enseguida una construcción de bloques con un techo alto y curvo, de plástico. Adentro se veían bloques de espuma plast y una máquina ruidosa. El aire aledaño estaba impregnado del olor de la espuma quemada.
Pasamos esa construcción y doblamos a la izquierda, con la pared del edificio de un lado y el alambre de púas del otro. Se veían fardos de envases de cartón y botellas de plástico. Seguimos caminando en silencio hasta que se nos terminó el camino y desembocamos en un patio con una glorieta de madera y una hilera de bolsas grandes de plastillera llenas de bolsas de plástico, más chicas, con todo tipo de envases.
El edificio tenía una puerta de vidrio. Jimmy me dijo que ahí estaba la oficina. Entramos. Había una mesa larga con muchas sillas y en un rincón una mujer sentada frente a una computadora. Jimmy la saludó y me dijo que hablara con ella. Él entró en una habitación que parecía el lugar para cambiarse la ropa y cerró la puerta. Al lado había otra. Supuse que sería para el personal femenino.
Le dije a la mujer que había venido por un trabajo y que quería hablar con el encargado. Ella subió la escalera que estaba a la derecha de la puerta. Poco después bajó y detrás apareció Douglas, el gerente. Nos presentamos y me llevó a su oficina. Conversamos un poco y me explicó en qué consistía el trabajo.
Se trataba de clasificar y contar envases reciclables. El grueso del laburo se hacía con unas máquinas que leían los códigos de barras y seleccionaban los tipos de envases para mandarlos por una cinta transportadora y de ahí a las bolsas correspondientes. Había también una instancia de contar «a manopla». Mencionó los distintos pasos desde que llegaban los camiones con las bolsas en bruto hasta que las bolsas con los envases ya contados y clasificados se llevaban a la otra parte del edificio para continuar el proceso.
La descripción del trabajo no me pareció mal. Un empleo como cualquiera, sin grandes complicaciones. Le dije que estaba interesado en el puesto, así que me llevó a conocer la planta.
Bajamos y cruzamos la puerta que separaba el comedor/vestuarios/oficina de Erin (así se llamaba la mujer). No tenía cómo saberlo en ese momento, claro, pero a esa puerta le faltaba tener la inscripción arriba: «Vosotros que entráis aquí, abandonad toda esperanza».
Apenas cruzamos, me invadió el ruido del lugar: ruido de máquinas, de vehículos, de vidrios rompiéndose. No era un ruido insoportable, pero era fuerte.
Me llevó a ver la zona y me explicó más detalles. Después de la recorrida le dije que aceptaba el puesto. No pensé que fuera tan malo y tampoco quería perder tiempo buscando algo mejor, si es que lo podía conseguir. Douglas me aclaró que había un período de prueba de tres meses y que después de eso sería un empleado regular. Le dije que estaba bien y que podía empezar al día siguiente. Quedó encantado.

