No te podía dejar donde te había largado el viejo Salazar. No me había gustado nada verte tirado al final del rastro que habías hecho con tu cuerpo después de que te arrastró con su caballo -un caballo arrastrando a otro- hasta el otro lado del arenal. Ibas a pudrirte ahí como cualquier otro animal vuelto anónimo entre el hueserío.
Ahí te encontré después de volver del liceo. Salazar te había cortado un pedazo del cuero, casi medio metro cuadrado, a la altura de las costillas. Para que te pudrieras más rápido, pobre bicho, y desaparecieras más pronto, después de todo lo que me habías dado, de todas las tardes que pasamos juntos dando vueltas por el barrio, de las aradas y rastreadas que nos fumamos los dos bajo la furia de mi padre en el terreno frente a casa. Me veías llegar con el balde de agua y salías corriendo desde el fondo del terreno de al lado relinchando para encontrarme y dejarte acariciar el pescuezo mientras tomabas el agua. Muchas veces te rascabas tanto la cola contra los pinos que se te lastimaba la carne y las moscas te ponían huevos y después aparecían esos agujeros enormes llenos de gusanos grandes como mi dedo meñique que te sacaba con una varita mientras te echaba aceite quemado o alguna cosa recetada a lo bestia porque ni veterinario había en la Colonia. Nunca te quejaste cuando subíamos de a tres en tu lomo y ahí nos llevabas, manso, como siempre.
Pensé todo eso y me dio mucha pena. No te merecías ese destino. Volví a casa, agarré una pala y volví al arenal. Hice un pozo de tu tamaño a tu lado. Con menos arena para apoyarte, tu propio peso te hizo caer. No fue una caída elegante, más bien un desparramo, pero fue mejor que dejarte al aire para que te comieran los pájaros y los perros. Algunas veces había visto animales al sol, las panzas hinchadas como para reventar. Nunca estuve cuando se produjo la explosión, pero otras veces escuché ruidos de gases que se escapaban. Y el olor. Y las moscas verdes. El zumbido de las moscas verdes. Todo al sol, al costado del cementerio. Todo cerraba. Los humanos se pudrían del otro lado del alambrado y los animales de éste.
A los humanos les pasaba más o menos lo mismo pero con discreción, ocultos a la mirada y al olfato. Lo único que llegaba a mi casa desde esas soledades era el olor a vida de las flores frescas y el olor a cementerio de las flores medio podridas. El de los animales muertos era otra cosa. Medio dulzón, empalagosamente repugnante. Esa parte del estero, la bajada hasta el agua, era el cementerio de los animales. Ahí jugaban los perros a revolcarse en los huesos todavía con carne y volvían a las casas con ese aroma típico de perro de pueblo, de los márgenes del pueblo, como nuestro barrio. Olor a perro revolcado entre las osamentas. Como para que no quedaran huesos sueltos, cráneos y costillas desparramadas después de las fiestas de la perrada. Esas cabezas peladas eran como las historias de cowboys de las revistas. Me paraba al lado y me imaginaba los desiertos de Colorado y Arizona. Claro que si levantaba un poco la mirada estaban los eucaliptos de Kurilenko, y si hacía una panorámica aparecían los árboles del estero. Pero bueno, daba la idea.
Terminé de enterrarte y te dejé ahí, al pie del médano que, pocos años después, también desapareció.

