Vivencias, recuerdos y divagues sobre la vida y el corazón.

En general, siempre viví cerca de un río o de un océano. De ahí la relativa monotonía acuática de estas imágenes.


De este lado de la foto están las ruinas del puerto y en el horizonte el río se confunde con la isla. Para nosotros -mi generación y yo- era simplemente eso, «la isla». Poco importaba que se llamara Cambacuá. Del otro lado había más río y luego otra costa. Esa isla, ese otro río -que es el mismo, el Uruguay- y esa costa eran Argentina.

Las «Historias de La Colonia» son textos que van saliendo de los recuerdos de esos tiempos y del pueblito de este lado de la foto.


Salvando la distancia, la historia y los idiomas, esta foto es como la de La Colonia: de este lado está la costa del Stanley Park, al fondo está el estrecho de Georgia, cruzando el estrecho está la isla de Vancouver y del otro lado el océano Pacífico.

Escribo las «Crónicas de la West Coast» como un hijo adoptivo de estas montañas y bosques de pinos.


Esta foto es de la playada de La Picada, el arroyo que visitaba en mi niñez y mi adolescencia. El momento no le hace justicia a sus aguas, que en aquellos tiempos eran más bien claras y tan saludables que hasta se podía bautizarse por inmersión total en ellas. Hoy, no sé.

Siempre quise recorrerlo de punta a punta en bote pero nunca se dio. No porque sea largo (menos de un kilómetro), sino porque nunca pude llevar una embarcación hasta él.

Hay otras aguas que también significaron mucho en mi vida (el Río de la Plata frente a Malvín y al Cementerio Central, el Potomac al sur de la Universidad de Maryland), pero no tengo fotos de esas épocas.

Estos textos todavía no forman parte de nada más orgánico. En todo caso, se quedarán así, a la deriva.


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