
No, no voy a decir que los veintidós meses que viví en Uruguay fueron como haber estado en el paraíso, pero trabajé haciendo lo que me gusta. Conseguí horas en Montevideo, Florida y Maldonado para dar clases de lingüística, gramática, español y literatura a nivel terciario. Mis alumnos eran futuros profesores, lo cual era un alivio. Ya no estaba para lidiar con gurises de liceo.
Fue lindo mientras duró. Volví a Vancouver porque me había convertido en residente permanente. Una buena noticia, claro. Basta de temblar pensando que se me vencería el permiso de trabajo, basta de estar en la cuerda floja con la incertidumbre de no saber con qué se descolgaría el gobierno para complicarme la vida. Desde otro punto de vista, podría decir que dejé el paraíso y entré en el purgatorio.
Antes de irme a Uruguay había renunciado a mi trabajo en la Thompson Rivers University y abandonado mi puesto en el centro comunitario de mi barrio, dos lugares donde enseñaba español. Cuando volví lo hice transformado. Pasé de vender mi fuerza de trabajo intelectual a vender mi fuerza de trabajo físico. Nunca más iba a estar más o menos cerca de una clase. A partir de entonces iba a ser un proletario con todas las letras, metido hasta el cogote en la picadora de carne del capitalismo más abyecto.
El primer año trabajé en una distribuidora de productos odontológicos. Tenía que preparar pedidos y pasárselos a otros empleados para que los procesaran. Aunque no era mal trabajador, el contrato llegó hasta diciembre. Quedar desocupado por mucho tiempo en Vancouver debe ser terrorífico, porque es una de las ciudades más caras de Canadá. No me pasó, porque en un par de semanas conseguí otro curro. Fue un trabajo de peón para levantar la carpa de un espectáculo con caballos llamado Cavalia. La carpa era gigantesca. Demoramos un mes y medio en dejarla a punto y volví a quedarme sin laburo. Se ve que los dioses estaban de mi parte, porque a los pocos días mis empleadores me pusieron a trabajar haciendo y vendiendo pororó en uno de los puestos de comida dentro de la carpa. Gracias a eso me dieron una entrada para ver el espectáculo, que era muy bueno y carísimo. Bueno y todo, también se terminó.
En esos años prepandemia yo no me daba cuenta, pero era muy optimista. La vida me sonreía, porque conseguí otro trabajo enseguida. Fui a una agencia, planteé mi situación y me ofrecieron un laburo al toque. Consistía en hacer control de calidad en una empresa de procesamiento de envases. Había que trabajar con maquinaria y entrar datos en computadoras. Sonaba muy lindo, liviano y limpio. Claro que no sabía, en mi casi juvenil optimismo, que del purgatorio había caído directamente en el infierno. Como no quería quedarme desocupado más tiempo, al día siguiente fui a conocer el lugar.

