Cuando Eugenia y yo llegamos a Vancouver caímos parados. No es una exageración. Alquilamos un apartamento en el centro, hacia la playa. Ese primer año la única plata que entraba en casa era mi sueldo de profesor de español en la University of British Columbia. Me pagaban unos dineros modestos que alcanzaban para el alquiler y para que viviéramos los dos. Eran otros tiempos, claro. Hoy ese alquiler barato y esa vida fácil son dos recuerdos felices y muy lejanos.

En el 2007 nos mudamos al piso 18 de un edificio equidistante de esas tres calles y nunca más nos fuimos. Era lindo entonces. Desde el comedor se veían las montañas y el brazo de mar que separa Vancouver de North Vancouver y de West Vancouver. Hoy los edificios nuevos nos quitaron gran parte del paisaje y los que están planificados nos van a dejar todavía más encerrados.

Una de las grandes ventajas del barrio es tener tres estaciones de metro de diferentes líneas a unos quince minutos de caminata. Esto es menos de lo que tarda llegar a ellas por trole en las horas pico. Por eso me fui pateando para empezar mi viaje hacia mi nuevo laburo.

Tenía que tomar el metro en una estación subterránea y después de volver a ver la luz del sol dos estaciones más adelante me quedaban diez por encima de las calles y las avenidas. Esa parte del trayecto es preciosa en otoño, cuando las hojas de los árboles van poniéndose rojas, amarillas, anaranjadas y marrones.

El viaje demoraba unos veinte minutos. Ya conocía esa zona porque mi trabajo en la distribuidora de productos odontológicos estaba en el área, del otro lado del río Fraser. Casi siempre iba escuchando música o audiolibros mientras miraba las casitas de los barrios residenciales, los negocios con carteles en lenguas que nunca voy a entender, las Montañas Rocosas, pinos por todos lados, cedros, y al costado de las vías, frambuesas. A veces había gente juntándolas. Era linda esa parte, salvo cuando entraba en una zona comercial llena de edificios ya construidos, otros a medio camino y un montón más ya prontos para crecer desde los pozos.

Mi parada era la estación de la calle 22. Ahí el terreno se elevaba considerablemente y la vía tomaba una curva a la izquierda. Gracias a eso se veían el Fraser con sus hileras de troncos de pino listas para ser remolcadas hasta los aserraderos, las siluetas de las islas del Estrecho de Georgia, parte del océano y, debajo de los rieles, las lápidas de granito negro de un cementerio.

Bajé y me fui a tomar el ómnibus que me llevaría a través del puente hasta el otro lado. Tenía una frecuencia bastante lamentable, pero ese día iba a ir a conocer el lugar y no tenía problemas de puntualidad. Después de cruzar el puente el ómnibus se desvió por un barrio en obra y el trayecto se volvió lento y aburrido. Otras vueltas más, otras rutas, más desvíos, terrenos alisados para construir locales comerciales y, finalmente, mi destino.

Me fui bordeando una vía de tren, llegué a la calle en la que tendría que doblar a la derecha y por ahí seguí hasta el final. Terminé frente a un portón abierto y un alambrado alto y largo. Un hombre iba caminando por mi derecha hacia la entrada. Me apuré para alcanzarlo y le pregunté si estaba en el camino correcto para ir a mi trabajo. Me dijo que también iba para ahí. Seguimos viaje juntos, sin hablar. Era un poquito más alto que yo -y yo soy bien bajo-, fortachón, musculoso y con muchos tatuajes en los brazos. Así fue mi encuentro con Jimmy, originario de la provincia de Manitoba y miembro de la nación ojibwa.

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