Nací en San Javier, Río Negro, al oeste del Uruguay. 

De chico y sin saber nada del Renacimiento quise ser muchas cosas y muchas a la vez: químico, astrónomo, buscador de perlas, geólogo, egiptólogo. Todo eso se lo debo a los treinta fascículos de «Lo sé todo», la Wikipedia de aquellos tiempos sin Internet. 

Conocí la esterilidad de un año de profesorado de Matemática y muchos semestres de una licenciatura en Biología. La dejé por la mitad para pasarme a las humanidades y terminar como licenciado en Letras con especialización en Filología Clásica.

Di clases de español en secundaria, de latín en la Facultad de Humanidades y de gramática, literatura y lingüística en institutos de formación de profesores.

Completé una maestría en Letras y un doctorado en Estudios Hispánicos en el hemisferio norte y trabajé dando clases de español en colegios y universidades de Estados Unidos y Canadá.

En Vancouver volví a sentir esa afinidad con el Renacimiento. Más que sentirla, fui forzado por las circunstancias. Tener que afrontar el pago de las cuentas de la vida cotidiana me llevó a ser lavaplatos, pintor de brocha gorda, mozo, traductor, empleado en un negocio de juegos electrónicos, vendedor de pororó, peón de construcción, reponedor de supermercado, clasificador de envases reciclables. También limpié baños y repartí comida en bicicleta. Era casi un renacentista, pero me faltaba un arte para completar el perfil.

Negado para el dibujo (perdí la materia en tercero de liceo), pésimo con las acuarelas (porque lo intenté y me di cuenta y desistí), inútil para la escultura (un pedazo de piedra que no dejó de serlo a pesar de mi esfuerzo), mediocre tocador de flauta y armónica, estoy tratando de escribir. A ver cómo me va con este intento.

Saludos,

Omar

Omarcingo vestido a lo Johnny Tedesco

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