La facultad de humanidades me dio cinco cursos de griego y dos seminarios. En primero y segundo, declinar, conjugar y traducir fragmentos cortos. Desde tercero en adelante se aprobaba la materia con una traducción de un texto más largo. Como siempre me gustó la mitología, empecé con el relato del jabalí de Calidón, que está en la Biblioteca de Apolodoro, una especie de enciclopedia de mitos del siglo II d. C. Es una historia terrible de amor, lealtad, venganza y suicidio. Una tragedia griega tradicional en versión corta.

Para otro elegí el discurso de Demóstenes Sobre la paz. Es un texto sobre la necesidad de ser diplomático para evitar males mayores. Es un texto más largo y más complicado que la historia del jabalí y requería algo de introducción y comentarios sobre la Grecia del siglo IV antes de Cristo. La edición de Aguilar cubría esa parte, así que la usé como base.

Para evaluar cómo iba con mi traducción la comparé con las versiones inglesa y francesa de la Loeb y de Les Belles Lettres. Volví a Aguilar y noté algo raro. Lo que había escrito el traductor, ya desde el principio de sus anotaciones preliminares, sonaba muy parecido a una versión en español del texto en francés. No me costó mucho comprobar que toda esa introducción en español era un calco, una versión castellana de la introducción de Les Belles Lettres. Lo mismo pasaba con la «traducción original del texto griego» de Demóstenes. Con todo respeto hacia el traductor, un chanta.

Recuerdo con mucho cariño mis idas y venidas con Heráclito. Lo conocí en el liceo, aunque el curso de filosofía no me dio una buena base porque nunca le di pelota a la materia. En esos años yo estaba obsesionado con los ismos del Extremo Oriente: budismo, hinduismo, taoísmo, hasta Confucio y el shinto. Lo demás, Platón, Aristóteles, los medievales, Kant, Hume, Berkeley… una pérdida de tiempo.

La profe era muy pierna y me perdonaba mis manías. Digamos que ella terminaba de hablar del fragmento en el que Heráclito dice que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río. Yo levantaba la mano y decía «¿Puedo dar un enfoque oriental sobre el tema?». Ella sonreía, me daba la palabra y yo me descolgaba con la impermanencia del ser en el pensamiento budista. Seguramente ella no sabía nada de eso, pero al menos apreciaba mi habilidad para payar.

Mi segundo encuentro con el Oscuro de Éfeso fue cuando leí Rayuela. La imagen de Heráclito enterrado en la bosta hasta el cogote me quedó picando. Debe ser por eso que me compré un librito sobre los presocráticos y me enterré en la lectura de esos monstruos del pensamiento.

Cuando mi camino en las letras se decantó por la filología tomé un curso de filosofía antigua y volví a ver a Heráclito. A pesar de todo mi esfuerzo y de las ganas que le puse a la materia, la aprobé raspando. Un agrandado infame el profe, pedagógicamente deficiente. Decía que se había leído los 36 diálogos de Platón en griego y no sólo una, sino varias veces. ¿Había necesidad?

La última vez que lo leí en un ambiente universitario fue en un cursillo sobre los filósofos presocráticos. Algunos de ellos escribieron en verso, en hexámetros. No sólo teníamos que traducir, sino también escandir. Aplicar la receta de las sílabas breves y largas y, cuando fallaba, ver por qué. Fue un desafío interesante.

Ese cursillo me dio una visión más agradable de Heráclito. Escribió en jónico y nosotros estudiábamos ático, así que estaba cantado que en los parciales íbamos a tener que encontrar los jonismos.

Lo mismo pasó con los Idilios de Teócrito. Era un seminario sobre la poesía bucólica. Había que escandir más hexámetros y, esta vez, buscar dorismos.

Lo mejor de esos años de griego es mi gusto por Luciano de Samósata. Lo conocí antes de empezar filología. Nuestra larga historia de amor empezó en la librería de Tristán Narvaja donde había comprado una versión al español de los Diálogos de los muertos.

En la facu traduje su tratado De los funerales. Es la sátira menipea en la voz de uno de los mejores discípulos del endemoniado gadareno, sobre el que voy a publicar un artículo en unos meses. Con eso aprobé mi último curso de griego. Poco después gané un concurso y me puse a enseñar latín. Sin verme forzado a volver a los griegos, me fui olvidando de la gramática y el vocabulario.

Como consuelo fácil y nostalgia barata me leí la Historia verdadera de Luciano en la traducción de la Loeb. Quería encontrar la referencia al espejo en la Luna que menciona Borges en «El Aleph» y la fuente del episodio de la gente que vive en los campos y ciudades dentro de la boca del Pantagruel de Rabelais. Miraba el texto griego en las páginas de la izquierda y sentía que me había alejado definitivamente de ese idioma.

Con los años leí más cosas de Luciano. Cada tanto me vuelve a asaltar el sueño de traducir algunos de sus diálogos. Es un tema a resolver antes de emprender el camino a Ítaca.

En la próxima publicación, la fama, el viaje y las ganas de volver.

(El Luciano del retrato es ficticio, producto de la imaginación del pintor inglés William Faithorne, 1620-1691.)

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