Viajes por el vasto mar de las ideas, la literatura y el arte

¿EN QUÉ CONSISTE?
Navegaciones culturales es un proyecto de exploración intelectual que traza rutas a través del extenso y complejo mundo de las ideas, la literatura, la filosofía, la historia y el arte.
Cada navegación es un ensayo que echa el ancla en distintas disciplinas para buscar conexiones, raíces y lecturas alternativas en textos que han marcado nuestra cultura.
¿QUÉ HACEMOS?
📝 Publicamos ensayos que exploran obras literarias, sus fuentes, contextos y resonancias.
🗺️ Trazamos genealogías culturales, siguiendo el rastro de ideas desde el mundo antiguo hasta nuestros días.
💬 Creamos una comunidad de lectores curiosos, críticos y dispuestos a recorrer territorios inesperados del conocimiento.
🌊 Navegamos juntos, compartiendo descubrimientos, preguntas y conversaciones sustanciosas.

PRIMERA TRAVESÍA: «LA BIBLIOTECA DE BABEL»
Nuestra primera serie de navegaciones explora las fuentes, conceptos y tradiciones que confluyen en uno de los cuentos más fascinantes de Jorge Luis Borges: «La biblioteca de Babel».
Exploraremos:
- ⚛️ Atomistas griegos y la combinatoria como origen del universo
- 🏛️ La tradición satírica desde Diógenes hasta Jonathan Swift
- ⚙️ Máquinas de pensar: de Ramón Llull a Charles Babbage
- ♾️ El eterno retorno: pitagóricos, estoicos, Nietzsche, Blanqui
- 📖 Literatura del infinito: monos que escriben las obras de Shakespeare
- 🔮 Teología, metafísica y el vértigo de lo ilimitado
- ✍️ Análisis literario del cuento de Borges
El resultado: una comprensión profunda de cómo un cuento de cinco páginas contiene siglos de pensamiento humano.
FORMATO
📅 Nueva navegación cada dos semanas (miércoles)
📄 Ensayos de 1000-1500 palabras
💬 Discusión continua en nuestro grupo de Facebook
Cuaderno de bitácora
Calendario de arribo a nuestros cinco primeros puertos:
14 de enero: 1 – Un paraíso para los lingüistas
Presentación del proyecto
28 de enero: 2 – El divino desorden
Gracias a los platos voladores descubrí a Borges
11 de febrero: 3 – Una fantasía matemática
Kurd Lasswitz y la biblioteca universal
25 de febrero : 4 – La importancia de una prosapia ilustre
Genealogía de la teoría combinatoria
11 de marzo: 5 – Vindicación de los extranjeros
La antigua poesía latina

El camarote del clasicista
¿Quién dijo que decidir qué hacer con su vida era fácil? Encontrar mi vocación fue un proceso largo y lleno de meandros.
Había estado estudiando matemática por un año contrariando mi idea inicial de ser psicólogo. Después me pasé a biología, carrera en la que nunca me fue muy bien porque, entre otras razones, consumía mi tiempo leyendo literatura. Aburrido de perder y perder bioquímica, un día tuve mi iluminación y me mudé para las letras.
Yo quería estudiar literatura latinoamericana, pero la historia, una vez más, se dio de otra manera.
El programa pedía un curso de latín y uno de griego. Empecé el de griego por curiosidad. Cuando estaba en la escuela había aprendido el alfabeto de un diccionario viejo y gordo que parecía una enciclopedia. Tenía una idea de la declinación porque me había llevado a Montevideo una gramática y unos diccionarios para aprender ruso y me había enfrentado a esas tablas llenas de palabras en diferentes casos sin entender mucho por dónde iba la cosa.
El curso no demoró mucho en mostrar lo duro del método: hojas y hojas de verbos conjugados y sustantivos declinados para reconocer las formas y traducciones casi literales con una gramática al lado para la morfología y la sintaxis. Un sistema estricto, riguroso, con mucha lógica, casi matemático. A nivel gramatical no había lugar para los divagues. Eso me formateó la mente pero como siempre me gustaron los crucigramas no me achiqué y seguí viaje.
No me fue mal. Tenía la memoria bastante aceitada y la materia me gustaba. Un atractivo extra era la mitología, de la cual había leído mucho en la enciclopedia Lo sé todo. El semestre siguiente me anoté en latín y al tiempo me di cuenta de que ya estaba encarrilado en la especialización en filología clásica. Había empezado a saber algo de lingüística romance, filosofía antigua y medieval, gramática histórica. Un día se abrió un concurso para profesor ayudante de latín y lo gané. Ya podía dedicarme a los clásicos sin remordimientos.
Haber estudiado filología también me ayudó a aprender un poco otros idiomas. Tenía tres años de francés y cuatro de inglés del liceo, pero mi nivel no era bueno. Aquí llegó en mi auxilio un trabajo de ayudante honorario en un instituto de investigaciones biológicas, porque estuve más expuesto al inglés técnico. Con ese modesto bagaje empezó mi trabajo de profesor.
En las clases de latín había que traducir fragmentos, y como se trataba de una lengua muerta había que tratarlos como cuerpos que disecar, analizando palabra por palabra, los géneros, los casos, los regímenes de las preposiciones, las personas, tiempos, modos y voces de los verbos. Luego, la gran síntesis, el rompecabezas completado, la coronación del esfuerzo: la versión en español.
Traducirlos era la primera parte del problema, porque había que ver si lo que había salido tenía sentido y, además, había que ponerlos en contexto, ir a los textos completos y ver qué decían en realidad. Para eso contaba con las dos colecciones de clásicos del departamento de filología: la Loeb con traducciones al inglés y Les belles lettres con traducciones al francés. El método no tenía variantes: localizaba el fragmento y con mi traducción en la mano comparaba las versiones en cada idioma. Cuando corregía las traducciones de mis alumnos escribía la versión inglesa de los fragmentos en el pizarrón para no pasar la vergüenza de pronunciar mal alguna palabra.
Los cursos de lingüística romance fueron fundamentales. Como habíamos estudiado la evolución del latín hasta terminar en castellano, portugués, francés, italiano, catalán y tantas otras lenguas derivadas, reconocer los patrones y las leyes de los cambios a lo largo de la historia me sirvió muchísimo para entender más el francés, el portugués y el italiano. Con el inglés el proceso era más lento porque sólo podía reconocer las raíces latinas y tenía que ir a cada rato al diccionario cuando aparecían palabras de origen germánico. También tenía que consultar libros de cultura, historia y mitología porque había que situar todo en su lugar y con las conexiones correspondientes y no aburrir demasiado a los estudiantes. Lo que me interesaba era entender lo que leía y nunca desarrollé la comunicación oral en esos idiomas ni tampoco la escritura. Tampoco me importaba, porque nunca pensé que terminaría yéndome al hemisferio norte.
Toda esa base gramatical me sirvió para enseñar español y lingüística en secundaria y en institutos de formación de profesores.
Esos años fueron muy disfrutables. Me llevaba bien con mis alumnos y trataba de que mis clases no fueran aburridas. Y como un libro lleva a otro, quise aprender algo de lingüística indoeuropea, profundizar en los filósofos presocráticos, perderme en la historia de las palabras en español y abandonar la idea de que la Edad Media fue una larga noche oscura en la historia de la cultura. Había muchísimo para aprender, pero mi vieja vocación inicial volvió a torcerme el rumbo.
Cuando fui a estudiar a Estados Unidos mi inglés hablado era liceal, mi nivel en clásicas no era lo suficiente como para aspirar a una maestría y había muchas más chances de conseguir una beca para literatura latinoamericana. De todos modos, mi paso por la filología me sirvió para escaparme de un curso obligatorio de latín y para sacar la mejor nota de toda mi carrera en el hemisferio norte en un curso sobre literatura barroca española.
En Canadá, los recuerdos de las lenguas clásicas me siguieron ayudando en los cursos del doctorado en estudios hispánicos.
En retrospectiva, lo que aprendí en la facultad de Humanidades fue fundamental para mi paso por la academia del hemisferio norte.
Ahora, reflexionando en la soledad de mi camarote, paso raya y me quedo con los debes: no haber podido aprender suficiente griego para leer a mi querido Luciano de Samosata y no haber dominado el latín para divertirme con el Satiricón de Petronio. Al haber vuelto a mi vocación inicial, la literatura latinoamericana, no pude administrar mi tiempo libre para seguir estudiando esas lenguas clásicas por mi cuenta.
Por eso estoy abriendo esta sección de las Navegaciones culturales, para retomar desde otro ángulo lo que hacía cuando enseñaba latín. Va a ser una especie de vuelta a los orígenes desde la perspectiva de los años. Quiero ver cómo me va en mi retorno a Ítaca. ¿Me acompañan?
Navegaciones
4 – La importancia de una prosapia ilustre
Nostalgias griegas

