
Desde que vivo en Vancouver solamente fui al cine tres o cuatro veces. Siempre me gustó ver películas, pero la pereza, Internet y quién sabe cuántas otras excusas me alejaron de las salas.
En Montevideo sí que me castigué con la Cinemateca. Una amiga de la facu logró su objetivo de rescatarme para el cine no comercial y a partir de una película de Zanussi me convertí en un consumidor compulsivo.
Pasé mis primeros años en Montevideo con unos amigos en una casa que tenía fondo y jardín. Como buenos pibes inexpertos, apenas salidos del liceo, teníamos a nuestro mentor, un vecino culto que nos marcaba con birome roja los boletines de la Cinemateca con sus recomendaciones, medio en serio y medio en joda en su papel de líder de masas.
Nos sentábamos al frente, al lado del tomate guacho que había crecido y florecido y dado frutos entre una juntura de la pared y el piso, y mientras tomábamos cerveza Patricia -la verdadera, la única, la amarga, no esta agua desabrida que nos venden hoy- lo escuchábamos elogiar cosas ignotas e incomprensibles como una obra maestra del neorrealismo italiano del cuarenta y pico. Cuando la fui a ver me encontré con una película hablada en dialecto siciliano con subtítulos en inglés y traducción simultánea al español a cargo de Manuel Martínez Carril, una sola voz para varios personajes, hombres y mujeres. Eso fue en una especie de catacumba llamada Sala 2. Qué épocas.
Por eso fui a ver “La vida útil” en el festival de cine latinoamericano de la Pacific Cinémathèque. En ella aparecen Martínez Carril y la mismísima Sala 2. Salí del cine con pena o, más que pena, nostalgia, que es lo que nos toca a nuestra edad. Cuántos recuerdos. Los cortos, los documentales que empezaban a la tardecita e iban preparando el ambiente para los platos fuertes, los encuentros con amigos para salir después a tomar una y comentar las pelis. Era dictadura todavía cuando dieron «El acorazado Potemkin” y el público aplaudió cuando se izó la bandera roja pintada a mano fotograma tras fotograma en una película en blanco y negro. En esa misma vena vi “Cartas de Marusia” sobre la matanza de mineros chilenos en 1925. ¿En qué estarían pensando los censores, que dejaron pasar esas dos?
Al otro día de haber ido al festival había tomado mate y estaba sentado acá mismo, frente a la mesa ratona, tratando de armar una buena propuesta para un trabajo de traducción. Era cerca del mediodía. De repente sentí un revoltijo en el estómago, ganas de vomitar y una fuerte sensación de mareo. Pensé que era porque no había comido nada todavía, pero cuando vi que las hojas del gomero y de la begonia se movían -la ventaba estaba cerrada- entendí que era un terremoto. No duró mucho, tal vez unos cinco segundos.
Estaba visto que algún día iba a pasar. Desde que llegamos a Vancouver supimos que estábamos casi encima de una falla que va desde Alaska hasta por lo menos California. Cuando fuimos a ver el primer apartamento que alquilamos nos mostraron unas rajaduritas insignificantes en las paredes y nos dijeron que eran las consecuencias de esos terremotitos que sólo captaban los sismógrafos pero que se daban a cada rato. Era cuestión de tiempo que hubiera alguno que pudiéramos sentir.
Salí a escanear unos papeles para la universidad en la que había empezado a trabajar y me encontré con el conserje del edificio. «¿Lo sentiste?», le pregunté, con un poco de ansiedad. «¿El terremoto? Sí», me dijo, sonriendo. Para él, que había vivido varios años en Japón, no había sido nada.
Volví a casa, consulté las noticias locales, la BBC, hasta una agencia iraní, y ahí estaba: terremoto, 6,7 Richter, 300 kilómetros al oeste de Vancouver. Parece mentira, pero el día anterior había estado recordando «La terra trema» y a la mañana siguiente la tierra había temblado. Y tengo que confesarlo: cuando pensé fríamente en esa coincidencia hubo algo más que tembló.

