Jom at German Wikipedia, CC BY 2.5 <https://creativecommons.org/licenses/by/2.5>, via Wikimedia Commons

Ya les comenté que tengo el karma de una licenciatura en filología clásica, cosa que me ha facilitado enormemente la vida para trabajar descargando camiones en una de las sucursales de una cadena de supermercados canadienses. Está claro que estoy pagando las culpas de mi encarnación anterior. Pero bueno, como dijo uno de nuestros grandes filósofos uruguayos, «es lo que hay, valor».

Como no me creo la historia de que estamos en este mundo para sufrir por el pecado de Adán y Eva (así como tampoco creo que el otro mundo me va a dar la felicidad que éste me niega) y soy chúcaro y libre, ayer empecé a tratar de ser consecuente con mis principios y me puse a traducir un poema de un poeta griego moderno. Ya que no me tocaba laburar al día siguiente (cuando bajan las ventas la patronal recorta horas… de los que estamos en el fondo del tarro, obviamente), organicé mi camarote de clasicista para hacer algo productivo. Convoqué un vasito de Cabernet Sauvignon del valle del Okanagan (una zona a ocho horas de viaje al este de Vancouver con un lago inmenso y montones de viñedos), música griega para ponerme a tono, dos diccionarios, una gramática y mucha, mucha ilusión.

Qué sufrimiento. La última vez que traduje algo del griego (y era ático, 2.400 años más viejo que el griego moderno) fue en 1988. Es mentira lo que dijo el Mago. Veinte -treinta y ocho- años es mucho. Estuve casi dos horas para traducir cuatro versos porque no quería usar el camino corto (Google Translator, inteligencia artificial). Tenía que darle tiempo al pensamiento para consultar el diccionario y la gramática y ver qué eran esas formas que tenía enfrente. Convengamos que también me distraje: la música sonaba y cuando reconocía una palabra me iba por las ramas.

Hoy, mi día libre a la fuerza (voy a pedir que me lo descuenten de las vacaciones, qué más remedio), me puse a escribir una publicación para la sección de Navegaciones culturales en esta página (Navegaciones culturales). En ella voy a hablar de un matemático y filósofo francés del siglo XVII que, entre otras frases célebres, dijo que el ser humano es un junco pensante, porque es endeble pero piensa. Cualquier cosa que suceda en el universo puede matarlo, pero el ser humano es más noble porque es consciente de que va a morir y que el universo tiene ventaja sobre él, mientras que el universo no tiene idea de eso.

Esto se conecta con los problemas de la traducción. Leí la versión francesa original, la inglesa y algunas traducciones al español. Unas dicen «junco pensante» y otras dicen «caña pensante». «Junco» y «caña» son dos cosas diferentes. Pertenecen a dos familias distintas. Los juncos no tienen nudos, las cañas sí. Y los juncos tienen una masa blanda adentro y las cañas no, excepto —hasta donde yo sé— la caña de azúcar. Entonces, traducir «junco» por «caña» no es lo más adecuado, creo yo.

La idea de «junco pensante» me hizo recordar a uno de mis grandes escritores amados de mi juventud, Julio Cortázar, quien en un par de textos usa el mismo concepto. Y Cortázar, dicen, hablaba el francés como un nativo, lo cual me da más elementos para sostener que la versión de «junco» es la correcta. De todos modos, si no les convence mi interpretación, les dejo acá la fuente de estos divagues: https://www.cnrtl.fr/definition/roseau

Ahora bien, éste es mi problema con la traducción: a mí no me gusta ese «pensante». No me gusta porque los adjetivos que terminan en -ante en español derivan de los participios de presente del latín, que tenían a la vez características de verbo (acción) y de adjetivo (cualidad). Muchos participios se independizaron y ahora son sustantivos. Por ejemplo: la estudiante (sustantivo) es la muchacha que estudia (subordinada adjetiva). También hay casos en los que se dan las dos posibilidades (aunque en contextos diferentes): «Un hombre paciente» (adjetivo)/»Un paciente» (sustantivo).

Entonces, como apunte de estilo, yo prefiero usar la terminación -ante para adjetivos sustantivados y usar una subordinada adjetiva para el otro caso. En vez de decir «junco pensante», decir «junco que piensa».

(Entre paréntesis, el participio latino en -ante vive y lucha, al menos en mi pueblito. Un querido compañero de truco tiene la costumbre de preguntarme si tengo tantos para el envido (para «avisarles» a los rivales) diciendo «¿Avisante?» (el que avisa). Suena lindo, ¿no?)

Imagen

Jom at German Wikipedia, CC BY 2.5 https://creativecommons.org/licenses/by/2.5, via Wikimedia Commons

Deja una respuesta