«El nombre es un presagio», decían los romanos. En mi caso, cada vez que me ve alguien del Medio Oriente y me pregunta cómo me llamo, estoy frito. Parece que estoy obligado a tener algo que ver con esas tierras. Me han hablado en árabe y en farsi. Me han dicho que por la cara podría ser libanés, sirioo iraní. Los entiendo. Tienen enfrente a alguien que se llama Omar, que es trigueño, que tiene cejas como las de los persas (¡hasta eso me han dicho!) y que habla con un acento raro. Entonces sonrío y les digo que no, que me llamo Omar porque a mi madre le gustaban las películas de Omar Sharif, el protagonista de Dr. Zhivago. Sé que no es cierto, pero, como dicen los italianos, «se non è vero è ben trovato».

También sé que no es cierto, pero quiero creer que me llamo Omar por mi tocayo Khayyam, matemático y poeta persa del siglo XII.

Mi vida y la de mi ilustre tocayo tienen dos puntos de contacto. Yo quise dedicarme a la matemática y escribí algunos poemas. Las dos cosas resultaron bastante mediocres.

Empecé un profesorado en Paysandú, una ciudad al norte de mi pueblo natal, y al año lo abandoné. Ahora lo lamento, porque me gustaría entender las ecuaciones de Einstein y los fundamentos de la teoría de las cuerdas.

Con los poemas tampoco tuve suerte, porque la noche de mi debut no pude leerlos. Si les interesa, les dejo aquí (o aquí) un relato de esa aventura.

«Bueno, ¿a dónde querés llegar con toda esta perorata?», me podrían decir ustedes. Bien. Para arribar a algún puerto en esta navegación, vamos a situar el germen de «La biblioteca de Babel», de 1941, en un texto que se titula «La biblioteca total», de 1939. En él Borges rescata (del olvido, según él) un cuento del matemático y escritor alemán Kurd Lasswitz publicado en 1904.

Traducción al español no encontré, y como mi conocimiento de la lengua alemana se reduce a contar hasta nueve y a reconocer algunas palabras que no llegan a la veintena no busqué el cuento en su lengua original. Encontrar una versión que pudiese leer no fue fácil, pero finalmente apareció en inglés un interesante libro titulado Fantasia Mathematica, un compendio de textos literarios que se relacionan con la ciencia y el arte de los números y las líneas.

El cuento de Lasswitz se llama «La biblioteca universal» y tiene una trama muy sencilla. El editor de una revista va a visitar al profesor Wallhausen en busca de algún material para publicar. El profesor le dice que no tiene nada que darle y que además se publican muchas cosas superfluas. Su esposa agrega que a esa altura de la historia ya se ha expresado prácticamente todo lo expresable con letras. Wallhausen comenta que, como el número de palabras es limitado, también lo es el número de libros. El editor y el profesor comienzan entonces a especular sobre el número de caracteres necesarios para imprimir todos los libros posibles en todos los idiomas. Concluyen que con 100 letras, números y símbolos se podría escribir toda la literatura imaginable en libros de 500 páginas con 40 líneas por página y 50 caracteres por línea. Cada libro tendría así un millón de caracteres. Si se tomaran todas las posibles combinaciones de caracteres se podrían imprimir todos los libros que se hayan escrito y los que se puedan escribir en el futuro. No es tan así, claro, porque al ser finito el número de caracteres va a ser finito también el número de libros posibles, pero de todas maneras es una cantidad muy, muy grande. No vamos a detenernos en esas cifras ahora porque lo vamos a ver con más detalle cuando consideremos el texto de Borges. Sólo vamos a insinuar un procedimiento para intuir la enormidad de esa biblioteca.

Tenemos un millón de caracteres por libro y cien caracteres diferentes. Si consideramos la letra a, por ejemplo,  va a haber un millón de lugares que esa letra puede ocupar. En uno de los libros va a haber 999.999 espacios en blanco y una solitaria a en el último lugar de la última línea de la última página, otro igualmente casi todo en blanco pero con la a en el penúltimo lugar de la última línea de la última página, y así sucesivamente, con la a subiendo de posición hasta quedar en el primer lugar de la primera línea de la primera página. Tendríamos así un millón de libros casi totalmente en blanco, con la a en un millón de lugares diferentes. Repetimos el proceso para la letra b. Otro millón de libros. Seguimos haciendo lo mismo hasta agotar los cien caracteres. Tendremos cien millones de libros. Ahora pasamos a ubicar dos caracteres iguales (aa, dos bb y así sucesivamente) en todas las posiciones posibles, luego tres caracteres, cuatro, cinco, etcétera. Luego empezamos con dos caracteres diferentes, ab, ba, bc, cb, de, ed, hasta agotar todas las posibilidades. Seguimos con grupos de tres caracteres: abc, acb, cba, bcd, bdc, dcb, etcétera. Ya vamos varios miles de millones de libros sin ninguna línea en ningún idioma y todavía nos falta empezar con grupos de cuatro caracteres diferentes, cinco, etcétera. Creo que se puede intuir que el número de libros posibles es efectivamente colosal.

La biblioteca imaginada por Lasswitz contendría, entre otras, las obras completas de Goethe, la Biblia, las obras de todos los filósofos clásicos y todas las variaciones posibles de sus frases, las obras perdidas de Tácito y sus traducciones a todas las lenguas vivas y muertas, los libros que va a publicar el editor, los discursos olvidados y los todavía no dichos en todos los parlamentos del mundo, la historia de todas las guerras, las composiciones escolares de cada uno, en fin, todo lo imaginable, pasado, presente y futuro.

Con una biblioteca así de gigantesca, que incluiría todas las combinaciones posibles de los cien caracteres, aparecerían libros muy curiosos. Acá van cinco posibilidades:

  1. Libros con cada página en un idioma diferente.
  2. Libros con las páginas pares en lenguas vivas y las impares en lenguas muertas.
  3. Libros con las páginas múltiplos de tres sobre botánica, múltiplos de cinco sobre física, múltiplos de siete sobre cocina y múltiplos de once sobre geometría.
  4. Libros de medicina donde las enfermedades tienen nombres de aves, reptiles, flores, herramientas de metal y jugadores de fútbol.
  5. Una versión de Cien años de soledad escrita por Homero en anglosajón en las páginas con números primos y en esperanto en las demás, ambientada en China durante la dinastía Ming, cuyos personajes masculinos son de Shakespeare y los femeninos de Dostoievsky.

A cada uno de ustedes se le podría ocurrir una lista similar, con resultados igualmente extraños. De hecho, cualquier cosa que se pueda pensar y por ende poner en palabras tendría su lugar en esa biblioteca inmensa.

¿Cómo localizar un libro en semejante caos? Con un catálogo, como en cualquier biblioteca. El problema es que, como la Biblioteca Universal contiene todos los textos posibles, habrá millones de catálogos parcialmente correctos y millones de catálogos totalmente incorrectos. ¿Cómo determinar cuál es el correcto? Imposible.

En suma, así es la biblioteca de Lasswitz en la versión presentada en Fantasia Mathematica. Como relato es bastante pobre. Los números que maneja, tan inmensamente grandes, tan lejos de nuestra comprensión, acostumbrados como estamos a la familiaridad de la cosas cotidianas, impresionan, empequeñecen, atomizan. Son contundentes. No hay que olvidar que, por formación, Lasswitz era primero matemático que escritor. Podía calcular él mismo cuántos libros habría en la biblioteca y qué tamaño tendría ésta. Esos datos, en Lasswitz, son fríos. Impresionan -porque son realmente impresionantes- pero no conmueven. Les falta una dimensión más humana para hacerlos nuestros. Esto se debe, según comprobé más tarde, a que la versión utilizada en Fantasia Mathematica es incompleta.

La versión integral no mejora sustancialmente la calidad literaria del texto, pero agrega detalles importantes: una ambientación al estilo de un simposio platónico (con cerveza en lugar de vino), un mayor protagonismo de los personajes femeninos (la esposa y la sobrina del profesor) y dos poemas de Schiller y Goethe.

Lo más destacable, a mi juicio, es la conclusión: aunque podríamos buscar en la biblioteca el libro que necesitamos, producto de una azarosa disposición de caracteres -como cualquier otro de esos libros-, deberíamos crearlo nosotros mismos mediante la ardua pero más gratificante tarea de escribirlo.

Fuentes

Born, Erik. «The Universal Library by Kurd Lasswitz». Mithila Review, web.archive.org/web/20251119173049/https://mithilareview.com/lasswitz_09_17/. Consultado el 29 de nov. de 2025.

Forschungsbibliothek Gotha. «Kurd Laßwitz, 1900. «Wikimedia Commons , 2 feb. 2026,
commons.wikimedia.org/wiki/File:Kurd_Laßwitz,_1900_(cropped).png. Licencia: CC BY-SA 4.0 <creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>.

Lasswitz, Kurd. «The Universal Library». Traducido por Willy Ley. Fantasia Mathematica, editado por Clifton Fadiman, Simon & Schuster, 1958.

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